sábado, 11 de abril de 2020

Esta vez voy a soltarme yo





En una ocasión tomé un curso bíblico en una iglesia católica. Al momento de abrir mi Biblia la señora que impartía el curso empezó a cuestionarme, de manera nada agradable: ¡¿Por qué tienes esa Biblia?! ¡¿De dónde la sacaste?! Desconcertada le dije que era una Biblia que estaba en casa de mis padres y que mi mamá me dijo que yo podía quedarme. En la primera hoja estaba escrito con puño y letra; esta Biblia es para la familia Castro Lechuga.

Siguió su regaño: ¡¿Qué no sabes que esa es una Biblia protestante?! Y no, no sabía... por algo estaba tomando un curso, para aprender. Y tampoco comprendía qué la ofendía tanto. Aún hoy me parece irrelevante y estúpida su actitud.

¡No vuelvas a traer esa Biblia aquí! Terminó por decirme mientras me miraba con reproche. No recuerdo el nombre de la señora en cuestión, pero sí recuerdo cómo me hizo sentir: pequeña, ignorante, absurda, descubierta en mi pecado de no soy buena católica porque no sé, sucia incluso, como si estuviera manchada por mi ignorancia, lastimada sin haberlo merecido.

Recordé este incidente porque para introducir el poema de hoy quería citar un versículo que me vino a la memoria, pero dado que lo mío es el contenido y no los números, consulté el internet. La cita llegó de la Biblia Reina Valera, justo la Biblia protestante que tenía en aquella ocasión en mis manos y que una de las primas de mi mamá le había regalado en algún velorio a mi madre. Mi tía, claro, era protestante y entre lágrimas y tristezas le regaló la Palabra a mi madre confiando que Dios la podría reconfortar mucho más y mejor. Fue un gesto hermoso, sin duda. Y dado que yo me quedé con esa Biblia y me acompañó en lecturas tímidas pero deseosas de saber, no puedo más que agradecerlo hoy.

Con todo, mi primera reacción, casi automática, no fue la de agradecimiento sino la de rechazar esa versión y buscar alguna otra. Una versión católica, por supuesto. Así que fui por mi propia Biblia Latinoamericana y al leerla me di cuenta de que la versión que realmente deseaba usar era la de la Reina Valera: 

Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.” (Mateo 6, 34)

La Biblia Latinoamericana dice: “A cada día le bastan sus problemas.”

Pero para mí, un problema no es un mal. Un mal es lo que me cargo: una depresión y ansiedad que puedo manejar, pero no voy a quitarme de encima, y que a ratos va a pegarme con intensidades inevitables que me transformarán en un mar embravecido. Caminar sobre las aguas ya de por sí es bastante imposible, pero hacerlo con un mar así… furioso, agresivo, lastimero… 

¡Qué fácil es juzgarnos de cobardes cuando la salida que más se antoja es simplemente dejarte llevar por ese mar a las profundidades de la paz! 

Y entonces, me di cuenta de que usar la cita protestante era lo adecuado. Porque Jesús dijo, “mi carga es ligera” y cargar con estigmas de católicos, protestantes, ateos, agnósticos o creyentes es colocarte encima una piedra y pretender que esa piedra te da la razón. 

A Pedro, la piedra sobre la que se edificó la iglesia, se le eligió por perseverante, no por terco. Y la instrucción fue clara: “Apacienta a mis ovejas”. En ningún momento le dijo cárgalos de piedras para que todo sea diez veces más difícil. 

“Babel es un mundo de palabras en distintas lenguas y sentidos. Si quieres aprender a navegar el mar de tus emociones, aprende a expresarlas con la mayor claridad que puedas para que descubras detrás de esas sílabas el conocimiento que necesitas emplear para salir a flote.”
 
Esta última cita fue mía y cito porque no soy yo quien habla. Esa fue una de mis voces. Es la voz que dejo de escuchar cuando el canto de las sirenas lo nublan todo y me invitan… no… me exigen dejarme caer. Tienen la voz chillona de una señora incapaz de apaciguar sino completamente dispuesta a hundirte en la vergüenza de ser tú y ser quién eres. Cuando eso sucede, he aprendido a amarrarme a un poster y tratar con todas mis fuerzas de encontrar la voz en mi interior que logre sacarme a flote.
 
Por eso hablar ayuda, y por eso también escribo... pero tenía mucho tiempo sin escribir… Y cuando estoy así es fácil caer en la desesperación del grito... ¿Y quién quiere eso? 

Esta vez voy a soltarme yo... 

Ya no soy católica, ni soy protestante… ni atea, ni creyente. Por hoy, sólo soy yo. Y definir qué es eso que yo soy, será mal o quizá bendición de otro día. Hoy me basta haber logrado escribir.  


miércoles, 25 de marzo de 2020

Todo es mejor sin ti




“Todo es mejor sin ti”, me dijo después de que le expliqué que estaba teniendo una crisis de ansiedad y que mi familia temía que pudiera cometer el error de suicidarme en algún momento. Yo quería explicarle mis reacciones, quería comprensión y quería apoyo. Era la primera vez en mi vida que me atrevía a decir abiertamente: algo está mal y necesito ayuda. Para ella, todo se reducía a que yo estaba enojada (tenía motivos porque mi trabajo no se compartía y se estaba ignorando todo lo que había hecho hasta ese entonces). Los frutos, mis frutos, no eran míos sino de ella y de la organización, porque ella era la jefa y yo nunca fui nadie más que un trabajador más. 

La persona que me dijo esto no tenía idea de lo difícil que fue aferrarme a la vida después de haber escuchado en viva voz lo que mi mente tenía desde siempre diciéndome: “todo es mejor sin ti”. Fue como estar al borde de un precipicio, estirar la mano y pedir ayuda a gritos (oh, sí, grité y grité mucho y grité alto) y recibir una patada que me aventó al vacío. 

Sigo viva, afortunadamente. Y he decidido que voy a vivir. No ha sido fácil y sigue teniendo sus complicaciones, pero el compromiso lo hice con Dios y su expresión más latente: la Vida. 

Confieso que he dejado de creer en el Dios Padre de mi infancia, en el Dios Hijo de mi imaginación y en el Dios Espíritu Santo de mis sueños. 

Hoy creo en el Dios que es Vida, lo cual también implica que hay muerte. Pero la Vida incluye la muerte. De modo que, si he de morir, será cuando la Vida deje de latir en mí. Ella, la Vida, que es expresión de Dios, decide, no yo. 

Confieso también que aún hay días en que esas voces me dicen: “Todo es mejor sin ti.” Y confieso que les creo. Que hay quienes me han sacado de sus vidas precisamente porque no tengo derecho a decir: necesito. Y no están dispuestos a invitarme a formar parte de su existencia a menos que yo esté dispuesta a decir: puedes hacer lo que quieras conmigo, no me quejaré, ni diré nada, no hablaré de mis necesidades ni te diré lo que haces mal y me lastima. 

Estas personas son personas que amo profundamente y me han demostrado, que, efectivamente: “todo es mejor sin mí”. Y eso duele, porque mi vida no es mejor sin ellos.

Pero como dije: la Vida decide, no yo. Además, también debo aceptar que no soy fácil. Yo también he querido renunciar a mí y supongo que si pudiera lo haría. Pero la Vida se aferra a mi existir, y sin importar cuánto he suplicado morir –incluso lo llegué a intentar- sigo viva. He decidido creer que hay algo en mí que la Vida considera valioso aún. Así que hoy lucho por vivir y vivir bien, aunque duela.  

Esto ha significado romper con esquemas que ya no me ayudan. Sigo aferrada a Dios, pero ya no creo en Dios como creía antes. Ya no es un ser mágico que puede hacer milagros. No se divide en Padre-Hijo-Espíritu, sino que lo dividimos nosotros para comprender la unidad que implica. El milagro es la Vida por sí misma. Y hoy, orar es reflexionar, meditar, recuperar la paz y darle sentido a mi mundo interno y lo que del mundo externo percibo. Orar es pedir pero con las manos dispuestas a hacer lo necesario, y con la voluntad de darme cuenta de qué debo cambiar para que todo marche mejor. 

Hoy también he dejado de creer que los sacerdotes son autoridad por ser sacerdotes. Eso es como decir que un médico es bueno por ser médico. Igual que en todo, hay quienes aman su profesión y aman por ello a las personas que sirven. Tengo, además, buenos amigos entre ellos. Pocos, muy, muy pocos, porque a decir verdad suelen ser elitistas. Hay quienes incluso creen que son príncipes de la iglesia y se valen de su autoridad y del pequeño o gran nicho de poder que tienen para alimentar sus propios vacíos.Claro que eso nos sucede a todos en todas las profesiones y oficios. Es muy humano creer que somos indispensables.

Y precisamente porque es algo muy humano, creo que necesitamos estar alertas y cuidar nuestros actos. Cambiar si es que necesitamos cambiar. Darnos cuenta de lo que hacemos, del porqué lo hacemos y de cómo lo hacemos. Porque ser humano y falible no significa que debamos conformarnos y sentarnos en la comodidad de un "así soy". 

Esto lo creo porque he comprendido que lo que hace a Jesús real es su humanidad, y la capacidad de tuvo como SER HUMANO de cambiar y reconocer en todos, la Vida. Una vida que merece respeto, que es más importante que todo beneficio de poder y económico, y que a veces requiere ser valorada y defendida. Vivir, a veces, también implica sacudir a aquellos que no respetan la vida en nosotros y en otros.  

Hoy creo en el hombre que fue Jesús. En el hombre, no en el Dios. Lo cual no significa que no creo que sea hijo de Dios. Jesús, tal y como lo somos todos, es hijo. ¿Es también Dios? Bueno, definitivamente no creo que nació con la conciencia de serlo. Pero evolucionó, se transformó, cambió, y eso lo acercó a la Vida, a Dios. Y se acercó a un grado tal que se supo unido a la Vida, a Dios. Y a riesgo de ofender a muchos que se sienten expertos en cristología (como si pudiera realmente existir alguien que comprenda al 100% el misterio de la Vida, de Dios y de Cristo), para mí, Jesús es REAL precisamente porque demostró ser humano. Porque para mí la grandeza de Jesús no radica en su divinidad sino en su humanidad. Y para mí, el camino a Dios que nos trazó Jesús es precisamente un camino humano, verdaderamente humano en el que tendrás que cargar tu cruz y caminar. 

Son tres los momentos en que más puedo ver su humanidad, sin ser los únicos. Los comparto:

1) De adolescente fue arrogante, como suelen ser los adolescentes, y cuando su madre le reprochó que no se haya ido con ellos y se haya quedado en el templo sin autorización, el pequeño y arrogante adolescente de 13 años le respondió que él estaba en las cosas de SU padre. Pero claro que los humos se le bajaron y estoy seguro que se lo bajaron sus padres (ambos, no sólo María) y regresó con ellos porque todavía era un mocoso y SU padre podía esperar a que creciera. ¡Qué caray! (Lucas 2, 41-52)

2) Creo en el Jesús que ante los gritos de un hombre ciego: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” Respondió pronto y sin dudar. (Lucas 18, 35-43) Pero ante los gritos de una mujer cananea que le gritaba: “¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija está atormentada por un demonio." Se siguió de frente sin ni siquiera voltear a verla. ¿Quién, después de todo, quiere lidiar con una mujer histérica que tiene una hija loca, y que, además, ni siquiera es cercana, es decir, judía? 

En esta historia Jesús demuestra ser humano precisamente por su respuesta, que fue en un principio la de ignorarla, y después atenderla un tanto obligado. Los gritos no cesaban y los discípulos tuvieron que suplicarle que ya hiciera algo: "Atiéndela, mira cómo grita detrás de nosotros." Y por sus palabras, no creo que los haya movido la compasión, sino la vergüenza.

Jesús responde y le dice abiertamente: "No he sido enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel." En otras palabras: no voy a hacer nada por ti. Ella siguió suplicando y Jesús insistió, se lavó las manos y puso frente a ella el pretexto: "No se debe echar a los perros el pan de los hijos.” 

Bastante humano el asunto, y muy acorde a la época. Refleja que Jesús era un hombre de su época, ¿a poco no?

La mujer contestó: “Es verdad, Señor, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos."

Y fue aquí donde sucedió el verdadero milagro, a mi entender. Jesús, dejó de comportarse como un patán, empatizó con ella, y comprendió el sarcasmo y la hipocresía, bastante humana, de creer que porque eres “el elegido” tienes derecho a tratar a los demás como perros. Vaya, incluso peor, porque a los perros les caen las migajas y su actuar demostraba que él creía que ella no merecía ni el piso que pisaba.

Pero como dije, Jesús tocó su humanidad, empatizó, y cambió: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo." (Mateo 15, 21-28)

Pero permítanme aclararlo, según mi lectura cuando Jesús dice “fe” no creo que se refiera a la fe que ella tiene en él, sino la fe que ella tiene en su propia valía como ser vivo, como ser humano. Ella sabía que no merecía ese trato y que su hija tampoco merecía ser tratada de loca. Necesitaba ayuda y la pidió. Y ante la negativa insistió de manera suplicante pero firme, y le hizo ver lo injusto de su actuar: “No merezco migajas ni desprecio. No me trates así.”

Jesús reconoció su actuar y cambió su actitud y sus formas. Eso es muy humano y también verdaderamente asombroso para el lugar y el tiempo en que Jesús vivió. Es enorme si consideramos que Jesús es el Hijo de Dios. ¿No debería el hijo de Dios hacer lo que le venga en gana? Pero fue aquí donde la autoridad de Jesús cobró su verdadera fuerza y sentido. Permitió que su Espíritu humano saliera a la luz y su autoridad se vio enaltecida al reconocer su humanidad y su error. Al reconocer la valía de ella y de su hija.

3) Otro momento en que Jesús me demuestra el grado de humanidad que vive es cuando entra en el templo con látigo en mano a sacar animales y expulsar mercaderes. Y por favor, trata de imaginar lo que es entrar en un lugar con animales a echarlos a latigazos, volcar mesas con dinero. Imagina el escándalo, el terror de ver animales abalanzarse hacia la salida, la confusión y el griterío. ¿Perdió el control y la paciencia? El Evangelio de Juan es el único que habla de la impresión que causó: "Sus discípulos se acordaron de lo que dice la Escritura: «Me devora el celo por tu Casa.»" (Mateo 21, 12-17; Marcos 11, 15-18; Lucas 19, 45; Juan 2, 13-25)

¿Alguna vez has sido devorado por el celo de la injusticia, del dolor, de saber que por más que quieres expresar lo que verdaderamente debería importarnos, nadie pone atención y te tachan de loco? ¿Alguna vez has perdido el control intentando expresar precisamente que no hay por qué enfocarnos en lo menos importante cuando hay tanto importante sucediendo? ¿Alguna vez has sido condenado y juzgado y lastimado precisamente porque gritas: “¡esto no está bien!” y nadie quiere que lo digas y te callan, te minimizan, expresan que todo está en tu mente?

Intenta decirle a una autoridad que lo que hace está mal. A ver si no provocas su ira y no terminas despedido, amenazado, juzgado, lastimado o ignorado. No hay autoridad verdadera en el ignorar o lastimar al otro. Pero también es cierto que a este mundo no lo dirigen autoridades verdaderas, sino intereses las más de las veces escondidos y disfrazados de “buenas intenciones”. 

Para mí, Jesús es REAL, precisamente porque no fue “divino” sino humano. Se le subieron los humos y se los tuvieron que bajar; reconoció que actuó mal y corrigió su actuar; y perdió el control ante la estupidez y la estrechez de mente de otros; y fue crucificado porque es más fácil tachar al otro de loco que asumir responsabilidades propias y cambiar nosotros. 

Me gusta mucho más el Jesús humano que el divino. Me gusta más y creo en él porque me demuestra que vivir es morir, pero también que vivir implica hacerlo hasta las últimas consecuencias. Implica que vas a sufrir y no que todo es color de rosa. Implica atrevernos a hablar de lo que hay realmente, y no sólo de lo bonito y positivo. 

Implica gritar a veces, sobre todo si te están haciendo daño a ti y a los tuyos. Implica pedir perdón y perdonarnos, porque la realidad es que a veces no sabemos lo que le hacemos al otro. Pero si no lo hablamos, nunca lo vamos a saber, y seguiremos sacrificándonos sin sentido. Y también implica aprender a empatizar con los demás. Porque la empatía sí es capaz de hacer milagros en nuestras relaciones y es también capaz de transformarnos. Empatizar es el primer paso a la verdadera aceptación, la que surge del corazón, no de la condescendencia. Es también un habilidad que se puede adquirir, pero para quienes "tienen la verdad y la razón" es muy difícil romper sus limitaciones para verdaderamente sentir al otro desde quién el otro es, y no desde quienes ellos son.

Hoy tuve que hacer una pausa en el tren de mis actividades para darle sentido a la Vida y renovar mi convicción y compromiso de que vale la pena vivir. Confieso mucho en estas líneas, incluso más de lo que he hecho antes. 

Supongo que este es mi grito: “I’m losing my religion!” (¡Estoy perdiendo mi religión!) Pero no se confundan demasiado. Dios es y seguirá siendo Dios siempre. Y yo, también sigo creyendo en una Iglesia Universal a la que pertenecemos todos –ya no digo católica porque su sentido universal se ha perdido en la historia del poder religioso. Y definitivamente creo en esta humanidad que somos y en la unidad que existe entre nosotros y nuestro mundo. Es un milagro que en este mundo exista Vida, y es sorprendente que tengamos consciencia de ello. Pero es precisamente por eso que nos toca cuidarla y defenderla. 

Dios te ama y te bendice, y yo también