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miércoles, 25 de marzo de 2020

Todo es mejor sin ti




“Todo es mejor sin ti”, me dijo después de que le expliqué que estaba teniendo una crisis de ansiedad y que mi familia temía que pudiera cometer el error de suicidarme en algún momento. Yo quería explicarle mis reacciones, quería comprensión y quería apoyo. Era la primera vez en mi vida que me atrevía a decir abiertamente: algo está mal y necesito ayuda. Para ella, todo se reducía a que yo estaba enojada (tenía motivos porque mi trabajo no se compartía y se estaba ignorando todo lo que había hecho hasta ese entonces). Los frutos, mis frutos, no eran míos sino de ella y de la organización, porque ella era la jefa y yo nunca fui nadie más que un trabajador más. 

La persona que me dijo esto no tenía idea de lo difícil que fue aferrarme a la vida después de haber escuchado en viva voz lo que mi mente tenía desde siempre diciéndome: “todo es mejor sin ti”. Fue como estar al borde de un precipicio, estirar la mano y pedir ayuda a gritos (oh, sí, grité y grité mucho y grité alto) y recibir una patada que me aventó al vacío. 

Sigo viva, afortunadamente. Y he decidido que voy a vivir. No ha sido fácil y sigue teniendo sus complicaciones, pero el compromiso lo hice con Dios y su expresión más latente: la Vida. 

Confieso que he dejado de creer en el Dios Padre de mi infancia, en el Dios Hijo de mi imaginación y en el Dios Espíritu Santo de mis sueños. 

Hoy creo en el Dios que es Vida, lo cual también implica que hay muerte. Pero la Vida incluye la muerte. De modo que, si he de morir, será cuando la Vida deje de latir en mí. Ella, la Vida, que es expresión de Dios, decide, no yo. 

Confieso también que aún hay días en que esas voces me dicen: “Todo es mejor sin ti.” Y confieso que les creo. Que hay quienes me han sacado de sus vidas precisamente porque no tengo derecho a decir: necesito. Y no están dispuestos a invitarme a formar parte de su existencia a menos que yo esté dispuesta a decir: puedes hacer lo que quieras conmigo, no me quejaré, ni diré nada, no hablaré de mis necesidades ni te diré lo que haces mal y me lastima. 

Estas personas son personas que amo profundamente y me han demostrado, que, efectivamente: “todo es mejor sin mí”. Y eso duele, porque mi vida no es mejor sin ellos.

Pero como dije: la Vida decide, no yo. Además, también debo aceptar que no soy fácil. Yo también he querido renunciar a mí y supongo que si pudiera lo haría. Pero la Vida se aferra a mi existir, y sin importar cuánto he suplicado morir –incluso lo llegué a intentar- sigo viva. He decidido creer que hay algo en mí que la Vida considera valioso aún. Así que hoy lucho por vivir y vivir bien, aunque duela.  

Esto ha significado romper con esquemas que ya no me ayudan. Sigo aferrada a Dios, pero ya no creo en Dios como creía antes. Ya no es un ser mágico que puede hacer milagros. No se divide en Padre-Hijo-Espíritu, sino que lo dividimos nosotros para comprender la unidad que implica. El milagro es la Vida por sí misma. Y hoy, orar es reflexionar, meditar, recuperar la paz y darle sentido a mi mundo interno y lo que del mundo externo percibo. Orar es pedir pero con las manos dispuestas a hacer lo necesario, y con la voluntad de darme cuenta de qué debo cambiar para que todo marche mejor. 

Hoy también he dejado de creer que los sacerdotes son autoridad por ser sacerdotes. Eso es como decir que un médico es bueno por ser médico. Igual que en todo, hay quienes aman su profesión y aman por ello a las personas que sirven. Tengo, además, buenos amigos entre ellos. Pocos, muy, muy pocos, porque a decir verdad suelen ser elitistas. Hay quienes incluso creen que son príncipes de la iglesia y se valen de su autoridad y del pequeño o gran nicho de poder que tienen para alimentar sus propios vacíos.Claro que eso nos sucede a todos en todas las profesiones y oficios. Es muy humano creer que somos indispensables.

Y precisamente porque es algo muy humano, creo que necesitamos estar alertas y cuidar nuestros actos. Cambiar si es que necesitamos cambiar. Darnos cuenta de lo que hacemos, del porqué lo hacemos y de cómo lo hacemos. Porque ser humano y falible no significa que debamos conformarnos y sentarnos en la comodidad de un "así soy". 

Esto lo creo porque he comprendido que lo que hace a Jesús real es su humanidad, y la capacidad de tuvo como SER HUMANO de cambiar y reconocer en todos, la Vida. Una vida que merece respeto, que es más importante que todo beneficio de poder y económico, y que a veces requiere ser valorada y defendida. Vivir, a veces, también implica sacudir a aquellos que no respetan la vida en nosotros y en otros.  

Hoy creo en el hombre que fue Jesús. En el hombre, no en el Dios. Lo cual no significa que no creo que sea hijo de Dios. Jesús, tal y como lo somos todos, es hijo. ¿Es también Dios? Bueno, definitivamente no creo que nació con la conciencia de serlo. Pero evolucionó, se transformó, cambió, y eso lo acercó a la Vida, a Dios. Y se acercó a un grado tal que se supo unido a la Vida, a Dios. Y a riesgo de ofender a muchos que se sienten expertos en cristología (como si pudiera realmente existir alguien que comprenda al 100% el misterio de la Vida, de Dios y de Cristo), para mí, Jesús es REAL precisamente porque demostró ser humano. Porque para mí la grandeza de Jesús no radica en su divinidad sino en su humanidad. Y para mí, el camino a Dios que nos trazó Jesús es precisamente un camino humano, verdaderamente humano en el que tendrás que cargar tu cruz y caminar. 

Son tres los momentos en que más puedo ver su humanidad, sin ser los únicos. Los comparto:

1) De adolescente fue arrogante, como suelen ser los adolescentes, y cuando su madre le reprochó que no se haya ido con ellos y se haya quedado en el templo sin autorización, el pequeño y arrogante adolescente de 13 años le respondió que él estaba en las cosas de SU padre. Pero claro que los humos se le bajaron y estoy seguro que se lo bajaron sus padres (ambos, no sólo María) y regresó con ellos porque todavía era un mocoso y SU padre podía esperar a que creciera. ¡Qué caray! (Lucas 2, 41-52)

2) Creo en el Jesús que ante los gritos de un hombre ciego: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” Respondió pronto y sin dudar. (Lucas 18, 35-43) Pero ante los gritos de una mujer cananea que le gritaba: “¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija está atormentada por un demonio." Se siguió de frente sin ni siquiera voltear a verla. ¿Quién, después de todo, quiere lidiar con una mujer histérica que tiene una hija loca, y que, además, ni siquiera es cercana, es decir, judía? 

En esta historia Jesús demuestra ser humano precisamente por su respuesta, que fue en un principio la de ignorarla, y después atenderla un tanto obligado. Los gritos no cesaban y los discípulos tuvieron que suplicarle que ya hiciera algo: "Atiéndela, mira cómo grita detrás de nosotros." Y por sus palabras, no creo que los haya movido la compasión, sino la vergüenza.

Jesús responde y le dice abiertamente: "No he sido enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel." En otras palabras: no voy a hacer nada por ti. Ella siguió suplicando y Jesús insistió, se lavó las manos y puso frente a ella el pretexto: "No se debe echar a los perros el pan de los hijos.” 

Bastante humano el asunto, y muy acorde a la época. Refleja que Jesús era un hombre de su época, ¿a poco no?

La mujer contestó: “Es verdad, Señor, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos."

Y fue aquí donde sucedió el verdadero milagro, a mi entender. Jesús, dejó de comportarse como un patán, empatizó con ella, y comprendió el sarcasmo y la hipocresía, bastante humana, de creer que porque eres “el elegido” tienes derecho a tratar a los demás como perros. Vaya, incluso peor, porque a los perros les caen las migajas y su actuar demostraba que él creía que ella no merecía ni el piso que pisaba.

Pero como dije, Jesús tocó su humanidad, empatizó, y cambió: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo." (Mateo 15, 21-28)

Pero permítanme aclararlo, según mi lectura cuando Jesús dice “fe” no creo que se refiera a la fe que ella tiene en él, sino la fe que ella tiene en su propia valía como ser vivo, como ser humano. Ella sabía que no merecía ese trato y que su hija tampoco merecía ser tratada de loca. Necesitaba ayuda y la pidió. Y ante la negativa insistió de manera suplicante pero firme, y le hizo ver lo injusto de su actuar: “No merezco migajas ni desprecio. No me trates así.”

Jesús reconoció su actuar y cambió su actitud y sus formas. Eso es muy humano y también verdaderamente asombroso para el lugar y el tiempo en que Jesús vivió. Es enorme si consideramos que Jesús es el Hijo de Dios. ¿No debería el hijo de Dios hacer lo que le venga en gana? Pero fue aquí donde la autoridad de Jesús cobró su verdadera fuerza y sentido. Permitió que su Espíritu humano saliera a la luz y su autoridad se vio enaltecida al reconocer su humanidad y su error. Al reconocer la valía de ella y de su hija.

3) Otro momento en que Jesús me demuestra el grado de humanidad que vive es cuando entra en el templo con látigo en mano a sacar animales y expulsar mercaderes. Y por favor, trata de imaginar lo que es entrar en un lugar con animales a echarlos a latigazos, volcar mesas con dinero. Imagina el escándalo, el terror de ver animales abalanzarse hacia la salida, la confusión y el griterío. ¿Perdió el control y la paciencia? El Evangelio de Juan es el único que habla de la impresión que causó: "Sus discípulos se acordaron de lo que dice la Escritura: «Me devora el celo por tu Casa.»" (Mateo 21, 12-17; Marcos 11, 15-18; Lucas 19, 45; Juan 2, 13-25)

¿Alguna vez has sido devorado por el celo de la injusticia, del dolor, de saber que por más que quieres expresar lo que verdaderamente debería importarnos, nadie pone atención y te tachan de loco? ¿Alguna vez has perdido el control intentando expresar precisamente que no hay por qué enfocarnos en lo menos importante cuando hay tanto importante sucediendo? ¿Alguna vez has sido condenado y juzgado y lastimado precisamente porque gritas: “¡esto no está bien!” y nadie quiere que lo digas y te callan, te minimizan, expresan que todo está en tu mente?

Intenta decirle a una autoridad que lo que hace está mal. A ver si no provocas su ira y no terminas despedido, amenazado, juzgado, lastimado o ignorado. No hay autoridad verdadera en el ignorar o lastimar al otro. Pero también es cierto que a este mundo no lo dirigen autoridades verdaderas, sino intereses las más de las veces escondidos y disfrazados de “buenas intenciones”. 

Para mí, Jesús es REAL, precisamente porque no fue “divino” sino humano. Se le subieron los humos y se los tuvieron que bajar; reconoció que actuó mal y corrigió su actuar; y perdió el control ante la estupidez y la estrechez de mente de otros; y fue crucificado porque es más fácil tachar al otro de loco que asumir responsabilidades propias y cambiar nosotros. 

Me gusta mucho más el Jesús humano que el divino. Me gusta más y creo en él porque me demuestra que vivir es morir, pero también que vivir implica hacerlo hasta las últimas consecuencias. Implica que vas a sufrir y no que todo es color de rosa. Implica atrevernos a hablar de lo que hay realmente, y no sólo de lo bonito y positivo. 

Implica gritar a veces, sobre todo si te están haciendo daño a ti y a los tuyos. Implica pedir perdón y perdonarnos, porque la realidad es que a veces no sabemos lo que le hacemos al otro. Pero si no lo hablamos, nunca lo vamos a saber, y seguiremos sacrificándonos sin sentido. Y también implica aprender a empatizar con los demás. Porque la empatía sí es capaz de hacer milagros en nuestras relaciones y es también capaz de transformarnos. Empatizar es el primer paso a la verdadera aceptación, la que surge del corazón, no de la condescendencia. Es también un habilidad que se puede adquirir, pero para quienes "tienen la verdad y la razón" es muy difícil romper sus limitaciones para verdaderamente sentir al otro desde quién el otro es, y no desde quienes ellos son.

Hoy tuve que hacer una pausa en el tren de mis actividades para darle sentido a la Vida y renovar mi convicción y compromiso de que vale la pena vivir. Confieso mucho en estas líneas, incluso más de lo que he hecho antes. 

Supongo que este es mi grito: “I’m losing my religion!” (¡Estoy perdiendo mi religión!) Pero no se confundan demasiado. Dios es y seguirá siendo Dios siempre. Y yo, también sigo creyendo en una Iglesia Universal a la que pertenecemos todos –ya no digo católica porque su sentido universal se ha perdido en la historia del poder religioso. Y definitivamente creo en esta humanidad que somos y en la unidad que existe entre nosotros y nuestro mundo. Es un milagro que en este mundo exista Vida, y es sorprendente que tengamos consciencia de ello. Pero es precisamente por eso que nos toca cuidarla y defenderla. 

Dios te ama y te bendice, y yo también

domingo, 8 de marzo de 2020

Tiroteos Escolares: Un intento de colocar el punto sobre la i

Este ensayo lo realicé durante mi primer semestre de la maestría de Psicopedagogía en la Universidad Internacional de la Rioja en su modalidad en línea. Fue uno de mis trabajos de la materia: Psicopedagogía en el Ámbito Social y Comunitario. Se los comparto.



Tiroteos Escolares: Un intento de colocar el punto sobre la i

Lic. Amida Araceli Castro Lechuga

            Empezar a escribir este ensayo ha sido una tormenta silenciosa. La pantalla del documento de Word parece burlarse de mi total incapacidad de colocar el punto sobre la i entorno a lo ocurrido el pasado 10 de enero del presente año (2020) en el Colegio Cervantes, en Torreón, Coahuila: un niño de 11 años introduce dos armas en su colegio, abre fuego, hiere a 4 personas, mata a una maestra, y se suicida.
            Mi primer impulso es hablar de otra cosa, cualquier otra cosa –el tema es libre, después de todo-, y supongo que eso es lo que podría hacer. Pero la realidad es que desde que escuché la noticia, esa silenciosa i sin punto, sin sentido, sin una clara razón obvia, me ha dejado convencida aún más de que ya es urgente buscar no sólo un punto, sino todos los que sean posibles para enfrentar un reto que se antoja, no sólo enorme, sino a ratos, imposible de enfrentar: la violencia, el enojo, la injusticia, el trastorno mental, la descomposición familiar y social, la muerte y el suicidio.
            Este ensayo busca ser académico, pero con la libertad de expresar nuestro ser y nuestra visión. Bien, pues mi ser se confiesa de visión nada clara y llena de dudas: ¿Qué puede llevar a alguien a matar y/o a buscar morirse? ¿Es simplemente un asunto de maldad o es el resultado de vivir en un mundo indiferente y distante? ¿Qué lleva a alguien a reaccionar con tal violencia, con tal capacidad de destrucción? ¿Es realmente una reacción? ¿Acaso no fue una acción deliberada y planeada, que buscaba, por desgracia, hacer aún más daño del que logró hacer?
            Una de las primeras declaraciones realizadas por el gobernador de Coahuila, Miguel Riquelme, especuló sobre la posibilidad de que el niño hubiese estado influenciado por el video juego Natural Selection, pues traía puesta una playera con el nombre de dicho juego. (British Broadcasting Corporation [BBC], 2020) Por supuesto que eso inmediatamente llamó la atención de medios y especialistas. Y no tanto por la explicación demasiado utilizada y reduccionista de que los video juegos provocan violencia, sino por la vinculación con lo que fue la matanza que para muchos marcó un antes y un después en lo que a violencia escolar se refiere: Columbine.
El menor había cambiado su uniforme por un pantalón oscuro, tirantes y una playera con la leyenda Natural Selection, en una posible referencia a Eric Harris, estudiante de preparatoria que junto a Dylan Bennet cometieron un tiroteo escolar el 20 de abril de 1999 en la llamada Masacre de la Escuela Preparatoria de Columbine (en Denver, Colorado, Estados Unidos). (Sinembargo. 10 de enero 2020, párr.1)
            Desde aquel fatal año de 1999, los tiroteos en escuelas han sido una constante amenaza en nuestro vecino país y ahora lo es también para nosotros. Esta amenaza ha tenido diversas explicaciones que van desde los video juegos, vidas en extremos difíciles y tormentosas, bullying, drogas, la música de rock pesada, en fin. El común denominador de estas explicaciones, a mi entender, es que son reduccionistas en el sentido de que buscan “una causa” cuando en realidad, es un asunto multifactorial que se debe enfrentar de la misma manera: con frentes sociales, mediáticos, económicos, escolares, familiares, psicológicos, médicos, espirituales, morales, religiosos, en fin. No creo que exista un ámbito social y humano que no tenga un papel en dicho fenómeno. De ahí que este sea un asunto de responsabilidad de todos.
            Será imposible, por supuesto, definir todas las responsabilidades aquí, pero intentaré delimitar en la medida de lo posible la responsabilidad social, familiar y escolar. Todas estas responsabilidades no son excluyentes sino dependientes una de otras. Sin embargo, para acercarnos a estas responsabilidades, debemos hablar, antes que nada, del posible perfil psicológico y psiquiátrico de quienes pudieran realizar un acto semejante –aunque no exclusivo, pues la violencia tiene muchos más rostros y puede manifestarse como bullying, actos vandálicos, robos, extorciones, violaciones, abusos, venta y consumo de narcóticos, alcoholismo, entre otros tantos actos que afectan a nuestra sociedad.
Para acercarnos a este aspecto, nos centraremos, en los autores de la matanza de Columbine, pues esa playera de Natural Selection no es moda, sino desde aquella matanza, representa una postura ante la vida y una creencia con matices casi religiosos. Así lo explica Peterson (2019) en su libro 12 Reglas para Vivir, un Antídoto al Caos. En la primera página del sexto capítulo del este libro encontramos las siguientes palabras escritas por uno de los jóvenes autores de la matanza de Columbine: “No vale la pena luchar por la raza humana, sólo merece la muerte.” (citado por Peterson, 2019, p. 195.)
Las personas que piensan de este modo tienen una visión del Ser como algo injusto, cruel y corrupto, y del Ser humano en particular como objeto de desprecio. Se designan a sí mismos jueces supremos de la realidad y la condenan como algo defectuoso. Son los críticos definitivos. (Peterson, 2019, p. 195.)
Por su parte, el psiquiatra Dr. Frank Ochberg, y el psicólogo clínico y principal agente investigador del FBI del caso Columbine, Dwayne Fuselier, identificaron a Eric Harris como un psicópata con un complejo de superioridad que no sentía nada más que desprecio por la especie humana. (Eckel, D. y Herling, B.L., 2011, p. 116) Entre las características del psicópata delimitadas por Clerkley (1941) según lo citan López Miguel, M.J. y Núñez Gaitán, M.del C.(2008), se encuentra el encanto externo y notable inteligencia, inexistencia de pensamientos irracionales, ausencia de nerviosismo, mentiras, falta de remordimiento, incapacidad de sentir empatía, y egocentrismo patológico.
En cambio, el segundo asesino de Columbine, Dylan Klebold, no ha sido identificado con un trastorno de psicopatía. Se sabe, incluso desde antes de la matanza, que era retraído y sufría estados anímicos depresivos. Venía de una familia pacifista, manifestó en sus diarios una búsqueda espiritual y de sentido de vida, tenía excelentes calificaciones, había sido aceptado por diferentes universidades y llegó a estar en el programa escolar Chips (Challenging High Intelectual Potencial Students /Alumnos con un desafío de alto potencial intelectual). En resumen, era un alumno excepcional. Sin embargo, como ya se dijo, sufría de una evidente depresión. Por información obtenida de su propio diario se sabe que tenía años fantaseando con suicidarse, se auto-medicaba, y tomaba alcohol para mitigar su condición. (Cullen, D. 2009)
Estos dos perfiles nos brindan luz entorno a los diferentes factores que pueden llevar a alguien a cometer una atrocidad como la de abrir fuego en un lugar público. Por un lado, tenemos al psicópata, con características muy específicas de absoluta falta de empatía y remordimiento. Se sabe ahora que fue precisamente Harris quien orquestó el plan que además del tiroteo incluía bombas que afortunadamente no detonaron según planeado.
Por otro lado, se encuentra el suicida potencial, que, en un intento por encontrar sentido a su existencia, puede ser influenciado, manipulado y convencido de que matar y matarse es un proceder con mayor sentido que la búsqueda de la vida, tanto propia como ajena. El grado de dolor e incapacidad de lidiar con la existencia, puede llevar a estos pozos sin fondo en el que se manifiestan grados peligrosos de tristeza, pero sobre todo enojo hacia uno mismo y hacia el mundo, que tampoco ha sido capaz de dar respuesta al sinnúmero de necesidades físicas y emocionales no satisfechas, y en muchas ocasiones, ni siquiera reconocidas.
¿Y quién era el niño de 11 años que abrió fuego en el Colegio Cervantes? ¿Un psicópata? ¿O era un niño en un proceso de depresión que vio en los actos de estos dos jóvenes, una salida que pudiera darle sentido a su despedida final de un mundo al que ya no quiere pertenecer? Esta imitación no es ni la primera ni creo, por desgracia, que llegue a ser la última. Lo sucedido en Columbine ha dejado su marca en nuestra sociedad y se ha convertido para algunos, en un estandarte, en una postura contra el mundo.
Consciente de que Wikipedia no es una referencia que académicamente muchos validen, pero también muy consciente del valor social y cultural que tiene al reflejar lo que muchas personas saben, sienten y alcanzan a ver, me aventuro a invitarlos a revisar la entrada: The Columbine Effect (Wikipedia, The Free Encyclopedia, 5 de febrero, 2020) en el que se presenta una lista de cerca de cien eventos que pretendieron “copiar” esta actitud de “venganza contra el mundo” que Columbine manifestó. Entre ellos el sucedido en Torreón, el pasado 10 de enero. (Puede encontrarse el link en las referencias al final).
Esta entrada de Wikipedia pone de manifiesto que, tal y como se expresa al inicio del artículo: El impacto de lo sucedido en Columbine ha encontrado su eco en otros perpetradores de actos semejantes inspirados en Eric Harris y Dylan Klebold, al grado de que hay quienes los definen como mártires. (Wikipeadia, 5 de febrero, 2020)
Esto no es un hecho que nos deba dejar indiferentes. No es algo que esté sucediendo sólo en otros países. Sí es, en cambio, algo que tiene el potencial de convertirse en un acontecer cada vez más frecuente. Como sociedad necesitamos ofrecer a nuestros jóvenes valores que contribuyan a verdaderamente brindar una visión de vida que lleve a más personas al deseo de luchar por estar vivos, en lugar de luchar para matar y morir.
Peterson (2019) cita a Nietzsche al respecto: “El sufrimiento, ya sea psíquico, físico o intelectual, no tiene por qué engendrar nihilismo (es decir, la negación radical de todo valor, significado e interés). El sufrimiento siempre permite diferentes interpretaciones.” (Citado por Peterson, 2019, p. 202)
            Y es aquí donde, pienso, radica la posibilidad de buscar alternativas al sufrimiento y no dejar a nadie a la merced de mentalidades psicópatas incapaces de sentir empatía ni de establecer lazos de interacción con otros, y que, en lugar de eso, proponen la venganza, la destrucción y la total indiferencia hacia el dolor ajeno como alternativas válidas y deseables.
El deseo de venganza, por justificado que pueda estar, bloquea pensamientos más productivos. […] Ha habido pueblos enteros que se han negado de la forma más absoluta a condenar la realidad, a criticar el Ser y a culpar a Dios. (Peterson, 2019, p. 203 y 207)
            El ejemplo obligado al que recurre Peterson es el pueblo Hebreo –del que hemos heredado raíces ideológicas, morales y legales, importantes e innegables- pero no es el único. Japón, tuvo que levantarse después de dos bombas atómicas, Europa se vio en la necesidad de reconstruirse después de dos guerras mundiales, en México donde la norma suele ser “el que no tranza no avanza”, se han dado ejemplos de extrema solidaridad ante eventos catastróficos como terremotos e inundaciones. Y si nos damos a la tarea de buscar a nuestro alrededor, encontraremos sin duda muchos ejemplos de personas que todos los días deciden cambiar su vida en lugar de culpar al destino de su desgracia. Lo que casi nadie comprende es que detrás de estos ejemplos hay dos elementos fundamentales: la convicción de que vale la pena el esfuerzo, y el apoyo mutuo. La pregunta es, entonces, como sociedad, escuela y familia, ¿estamos proporcionando una formación y educación que aliente el esfuerzo, lo reconozca y le brinde incentivos? ¿Fomentamos el apoyo mutuo y la solidaridad siempre y no sólo en la desgracia?
            Necesitamos por eso aprender del camino ya recorrido por Estados Unidos entorno a medidas que ha implementado para tratar de evitar este tipo de tragedias.  El libro Responding to School Violence: Confronting the Columbine Effect (Respondiendo a la violencia en la escuela: enfrentando el efecto Columbine), asegura que:
… Las políticas de anti-violencia han fracasado en prevenir violencia en las escuelas y han transformado a las mismas de, ser lugares de educación y desarrollo social positivo, a convertirse en ambientes dominados por la falta de confianza, hiper-vigilancia, miedo, y agresión simbólica. El centro de las políticas disciplinarias anti-violencia en las escuelas consisten en políticas duras, de cero-tolerancia, características de las políticas empleadas en el combate al crimen.  (Muschert, G.W., Henry, S., Bracy, N.L., & Peguero, A.A., 2014, párr. 16).
Este trabajo colaborativo cita a varios autores que abogan a favor de una aproximación “interactiva-acumulativa” que identifica tanto las causas individuales como lo puede ser la existencia de un trastorno mental, el acceso a armamento, asociaciones entre compañeros no muy alentadoras, y abuso y/o negligencia de parte de la familia. Aseguran también que dado que la escuela es una comunidad se deben cuidar las influencias que en ella generan enojo y alineación en miembros de la comunidad. Y se deben cuidar las relaciones maestros-alumnos y dejar de lado ideas de que el castigo es la respuesta adecuada a problemas de comportamiento.
Algo que, llamó particularmente mi atención es que proponen “promover contextos escolares en los que los estudiantes sean respetados y dirigidos por conceptos que surgieron de la justicia restaurativa”. (Muschert et al., 2014, párr. 16)
            Estoy familiarizada con el concepto de justicia restaurativa porque trabajé en la Pastoral Penitenciaria de Saltillo por más de cinco años y sigo contribuyendo como voluntaria en el Centro de Internamiento Especializado en Adolescentes Femenino de la ciudad de Saltillo (correccional para infractoras menores de edad).
            Sin afán de profundizar demasiado en este concepto baste aquí decir que: “El postulado fundamental de la justicia restaurativa es que el delito perjudica a las personas y las relaciones, y que la justicia necesita la mayor subsanación del daño posible. De esta premisa básica surgen preguntas clave: ¿quién es el perjudicado? ¿Cuáles son sus necesidades? ¿Y cómo se pueden satisfacer dichas necesidades?” (McCold, P. y Wachtel, T., 2003, p. 1)
La esencia de la justicia restaurativa es la resolución de problemas de manera colaboradora. Las prácticas restaurativas brindan una oportunidad para que aquellas personas que se hayan visto más afectadas por un incidente se reúnan para compartir sus sentimientos, describir cómo se han visto afectadas y desarrollar un plan para reparar el daño causado o evitar que ocurra nuevamente. (McCold, P. y Wachtel, T., 2003, p. 2)
            Esta reparación del daño no implica sólo culpar al delincuente y exigirle mejores resultados, que asuma responsabilidades que quizá aún no comprende que tiene y castigarlo si no hace lo que se pide. Implica adentrarse tanto en las necesidades de la víctima como en las necesidades del victimario, reconociendo así también el daño que a su vez ha sufrido sin que por eso se niegue la responsabilidad que tiene ante el daño causado. Implica humanizar al criminal sin convertirlo también en una víctima que justifique sus excesos, sino en un individuo capaz y responsable de su propio bienestar, pero que no está solo en la búsqueda de ese bienestar.
            Bien, si tomamos en cuenta que muchos de los criminales que hoy en día están detrás de las rejas, alguna vez fueron alumnos, y revisamos el trato que muchos de ellos recibieron en la escuela, nos daremos cuenta de que en demasiadas ocasiones sus necesidades educativas, físicas y de seguridad fueron ignoradas, rechazadas o vistas de menos, por ser alumnos “problema”. La realidad es que, tanto en escuelas como en el hogar, solemos calificar a los niños como flojos, groseros, hiperactivos, desorganizados, y tantos otros adjetivos, que pasan por alto sus necesidades básicas fundamentales de motivación. Es un lugar común decirle a un niño, por ejemplo, “pon atención”, sin que nadie trate de ver el momento desde sus ojos para comprender qué le impide poner atención, o cómo es esa atención que trata de dar, qué lo lleva a no atender, qué pensamientos interrumpen sus intentos de poner atención. Vaya, ni siquiera nos tomamos el tiempo de explicarle cosas tan simples y aparentemente obvias que quizá no saben cómo hacer. Decirle algo así como, por ejemplo: para poner atención necesitas ver hacia el pizarrón, poner tus manos sobre el escritorio, escucharme y tratar de repetir en tu cabeza lo que estoy diciendo para verificar que lo comprendes, y pedirme que diga otra vez lo que no te entendiste porque no lo puedes explicar tú. Piensa también en algo de tu vida que tenga que ver con esto que estamos aprendiendo, platícame qué es, cómo lo relacionas, qué sentimientos te genera.
            Educar no sólo implica transmitir información y pretender que los educandos puedan repetirla, sino ayudarles a experimentar lo que es aprehender (con h), hacer ejercicios, hacer conexiones, aplicar eso que parece haber comprendido, hacer analogías, y comprender cómo eso mejora su autoimagen (por aquello de “lo logré”) y permitirle experimentar participar en la educación de otros generando comunicaciones asertivas y sanas entre los miembros de un grupo que forzosamente tendrán problemas entre sí y que deberán general tolerancia y buena voluntad los unos hacia los otros.
            Y al hablar de educar, no sólo me refiero a la escuela. El hogar es también lugar de aprendizaje en el que se debe vigilar el crecimiento del menor con mayor cercanía e interés. ¿Sucede? Lamentablemente la vida tan complicada que tenemos hoy en día no siempre lo permite. Y problemas emocionales pueden pasar fácilmente desapercibidos por juicios prematuros tanto en un sentido positivo –como el pensar que todo va bien porque el niño no presente problemas escolares- como negativo –como el pensar que todo va mal porque el niño no logra tener buenas calificaciones.
            Busquemos pues la justicia y busquemos que sea “restaurativa”, es decir, que tome en cuenta las necesidades de justicia de todos los actores: no sólo del maestro –que necesita terminar un temario-, del padre de familia –que necesita que su hijo esté bien y sea feliz, sin que le implique más trabajo del que ya tiene-, del niño –que tiene sus propias necesidades muchas veces no comprendidas ni por él mismo. Aprendamos estas estrategias de asertividad, mediación y resolución de conflictos que pueden dar resultados más cercanos a todos los actores y no sólo dan autoridad ciega y unilateral. La justicia debe buscar abrir los ojos y considerar al individuo en su individualidad, en sus necesidades particulares y en sus circunstancias únicas. Yo no creo en la justicia ciega. Creo en la justicia que, consciente de sus límites, busca ver a detalle para acercarse lo más posible al alma de lo humano.
Como se puede ver, ha sido muy complicado dar respuesta a las preguntas planteadas al inicio y que aún están en mi mente. ¿Qué puede llevar a alguien a matar y/o a buscar morirse?
            En el caso de José Ángel, el niño de 11 años que, en el Colegio Cervantes de Torreón, Coahuila, queda claro que tomó como ejemplo y modelo el establecido por los jóvenes de Columbine. Sinceramente, dudo mucho que haya sido un pequeño psicópata. Diversos estudios estadísticos señalan que en la población general sólo entre el 1 y 2 % de la población es psicópata. (Pérez Soliva, M., marzo 2008) Creo que es más probable que estuviera atravesando por una depresión, independientemente de que no haya habido señales de mal aprovechamiento escolar.
Claro que definirlo del todo es imposible, primero porque no soy psiquiatra, y segundo porque, incluso en el caso de que lo fuera, no tendría suficiente información para determinarlo. Es fácil intentar hacer un juicio desde estas líneas y decir cosas como que era un foco rojo el hecho de que su madre haya fallecido, que su padre lo haya dejado al cuidado de sus abuelos, que su abuelo haya tenido armas al alcance del niño, o que quizá sufrió discriminación por parte de sus compañeros –algo que a veces les sucede a los niños inteligentes y capaces en ambientes escolares- o quizá sufría abusos de algún tipo en casa o en su comunidad. Incluso podríamos concluir de manera demasiado ligera que efectivamente los video juegos, el acceso al internet y toda la violencia que se ve en la televisión y medios, fueron las causas de su desequilibrio. El caso es que, no sabemos más allá de lo poco que se nos ha dicho y ese poco no sirve para tapar el pozo una vez ahogado el niño.
            Lo que nos toca ahora es enfrentar los casos que se nos presenten buscando también lo que la justicia restaurativa busca: Identificar quién es el perjudicado y estar consciente de que pueden incluso ser todos los actores. ¿Cuáles son las necesidades de cada actor? ¿Y cómo se pueden satisfacer dichas necesidades?
En el artículo Tiroteos Escolares: Creando sentido del sinsentido (School shootings: Making sense of the senseless.) Wike, T.L. y Fraser, M.W. (2009) indican que los estudios de caso que hasta ahora se han hecho de los diversos tiroteos ocurridos en los últimos años, han empezado a arrojar luz en torno, tanto a factores individuales como a características de las escuelas en donde estos eventos han ocurrido. A partir de estos factores los autores proponen seis estrategias de prevención:
1)  Crear apego escolar (school attachment), comprendida como la creencia de los alumnos de que, tanto a los adultos y como a sus compañeros en la escuela, les importa su aprendizaje y su persona, como ser individual y único que es.  
2) Reducir la agresión social.
3) Descomponer códigos de silencio, es decir, ayudar a los alumnos a denunciar y hablar de los que les sucede, piensan, sienten y creen.
4) Establecer protocolos de intervención y diagnóstico para alumnos que sufren rechazo o muestran problemáticas.
5) Reforzar la seguridad física y humana de todos en la comunidad educativa.
6) Aumentar la comunicación tanto hacia el interior de las instancias escolares como hacia recursos locales que puedan brindar ayuda, apoyo u orientación. (Wike, T.L. y Fraser, M.W., 2009)
Tal y como ya lo explicaron tanto Carl Rogers como Abraham Maslow, los dos precursores de la psicología humanista: Hace falta escuchar con empatía y hay que identificar la necesidad primaria y luego la secundaria, y así sucesivamente, para motivar y ayudar a nuestros niños y jóvenes a encontrar el deseo de la autorrealización, la lucha y la entrega a una vida llena de retos, pero que vale la pena vivir.

 ¿Por qué nos sorprende que alguien encuentre respuestas de violencia y venganza en posturas de enojo y frustración como las ejemplificadas por un psicópata que, a pesar de no ser capaz de sentir empatía, se convierte en la voz empática que hace eco en toda esa frustración, tristeza y enojo con el que vive día tras día, sin encontrar esperanza en nuestras acciones, intereses y deseos superfluos, o por lo menos, aparentemente indiferentes a sus propios deseos y necesidades?
¿O cómo pretendemos reducir el número de jóvenes que se agregan a las filas del crimen organizado cuando bien que mal reciben ahí posibilidades, no sólo económicas, sino de seguridad, pertenencia, socialización y reconocimiento? ¿No será que tanto como familia, escuela y sociedad no les estamos proporcionando modos de satisfacer esas necesidades elementales? ¿Cómo culparlos entonces? ¿Cómo exigirles un comportamiento que no fomentamos, alimentamos y promovemos con buenos salarios, buena educación –que insisto, no sólo implica conocimientos- horarios decentes y entretenimiento de calidad?
Lo dicho: no podemos reducirlo todo a una causa, pero sí podemos intentar acercarnos a cada caso al que nos enfrentemos de manera particular para identificar factores de riesgo (necesidades) y promover factores protectores (manera de cubrir esas necesidades). Si podemos exigir mejores políticas sociales y educativas, si podemos buscar la mediación y resolución de conflictos dentro de nuestras comunidades, familias y nuestros salones de clase, si podemos educarnos en formas y técnicas de escucha activa y atenta, y aprender a desarrollar la empatía para enseñarle a nuestros niños y jóvenes a desarrollarla en ellos mismos. En fin, es mucho lo que sí se puede hacer y vale la pena dejar de lado las culpas y asumir la responsabilidad que nos toca.
Y es que no importa qué tanto quieran tapar el pozo, si no creamos verdaderas estructuras que nos ayuden a sacar provecho de todo el potencial en el que se están ahogando nuestros niños y jóvenes, el pozo seguirá ahogándolos y nosotros seguiremos corriendo el riesgo de caer con ellos.

Referencias
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