sábado, 9 de febrero de 2019

Transformar nuestros vacíos


Photo by Roi Dimor on Unsplash


“… y hablándoles al corazón les dijo: «Sean fuertes y tengan ánimo, no teman ni desmayen ante el rey de Asur ni ante todo el ejército que viene con él, porque es más el que está con nosotros que lo que está con él. Con él hay una fuerza humana, pero con nosotros está Yavé, nuestro Dios, para ayudarnos y combatir nuestros combates.»” 2 Cró 32, 6c – 8

Estas son palabras que dirigió Ezequías, rey de Judá, a los generales de su ejército que estaban a punto de entrar en combate. No sé tú, pero a veces la vida se siente como un combate y a veces necesitamos escuchar palabras de aliento, palabras que le den sentido a nuestro actuar diario. La vida necesita oxígeno para contrarrestar los efectos nocivos de tanta contaminación metal, física y emocional. La vida, muchas, demasiadas veces se ve impregnada de un pesado “tengo que” y la apatía, la desgana o el vacío del “¿para qué?”

Esa apatía, esa desgana, ese vacío necesita transformarse. Todos tenemos nuestro rincón obscuro, nuestro vacío. Yo solía tenerle miedo a ese vacío. Había demasiado dolor ahí. Demasiados demonios. Pero ya no le temo tanto y empiezo a sentirme segura en mi pequeño rincón vacío.

Convertir mi vacío en hogar es un proceso en el que aún me encuentro. Mi objetivo hoy es enfrentar el vacío, dejarlo vivir en mí, y transformarlo en lo que realmente es: un corazón pleno y tan vacío de sí que puede albergar a otros. Porque ese vacío existe precisamente en nuestro corazón. Justo ahí, en el centro de nuestra existencia, el vacío necesita transformarse en un rincón seguro capaz de dar vida en abundancia.  

Para comprender este proceso en el que me encuentro y dejarle de tener tanto miedo, me ayudó mucho un texto llamado “Un pequeño lugaren un árbol” de Barbara Brenner (A Small Place in a Tree). Se trata de una lectura que hice con alumnos de tercer año de primaria el año pasado. Encontré el texto como audiolibro en Youtube. Este video incluye la lección en su totalidad, pero los primeros cinco minutos corresponden al texto. Quisiera decirte que le pondré subtítulos, pero con exámenes que calificar y casa que atender, no lo lograré. Así que si quieres verlo y disfrutar de las imágenes que cuentan por sí mismas la historia y son hermosas, date una vuelta. Al final dejo el vídeo y el link.

El texto explica el proceso con el que se va creando un hoyo en un árbol. Todo empieza con un rasguño hecho, en este caso, por un oso. El oso usa la corteza del árbol para afilar sus garras y la “hiere”. Todo vacío empieza con una herida que, a fuerza de enfrentar el mundo y sus elementos, corre el riesgo de hacerse más y más y más grande. Las heridas nos dejan vulnerables y sensibles a toda clase de ataques. Es natural querer protegerse de las heridas, pero es inevitable que en algún momento y por alguna razón, sufriremos.

El hoyo pasa por diferentes “ataques” y se debilita. Primero se introducen en la herida escarabajos de madera que empiezan a convertir el “corazón” del árbol en hogar y alimento. Ellos crearán redes de túneles para que sus larvas crezcan. Las larvas al nacer se comerán todo lo que puedan para salir de su cuna. El hoyo se hará más grande, el daño desde el exterior es insignificante, pero en el interior es enorme.

Llegarán después pájaros carpinteros que golpearán la ya bastante delicada cáscara del árbol en busca de escarabajos de madera. Los pájaros sin duda han llegado a ayudar a eliminar la plaga, pero harán sus daños irreparables también. Finalmente, el árbol enferma del todo. Es, literalmente consumido por bacterias. Estas bacterias son demasiado pequeñas para que se les pueda ver, pero su daño será absoluto, y al mismo tiempo, dejarán el interior “limpio”. Se trata de un proceso de purificación que no llega sin su grado de dolor y sufrimiento. El corazón del árbol está muriendo. ¿Has sentido alguna vez que tu corazón muere al grado que la muerte se siente más atractiva que la vida?

Dejar morir nuestro corazón es un proceso doloroso porque implica transformarnos. Nuestro corazón, al igual que el árbol, en algún momento se “rompe”, recibe heridas, es lastimado. Los muchos parásitos que suelen habitar nuestra intricada red de pensamientos, harán sus estragos. Ideas muy equivocadas de lo que es el amor, la entrega, la tolerancia, el sacrificio. Ideas que son mentiras, aunque parezcan verdades, porque pretenden asumir posturas de bondad y plenitud, cuando aún carecemos de la madurez suficiente para identificar la verdadera bondad y plenitud. Ideas llenas de buenas intenciones pero que aún no han pasado por la purificación del espíritu.

A lado de las ideas equivocadas que tenemos de nosotros mismos, los demás y el mundo, llegan también ángeles, o pájaros carpinteros que nos ayudan a eliminar esas ideas dañinas. No se deja de ser y pensar como uno es y piensa sin dolor. Enfrentarnos a la verdad de nuestro ser, de nuestras carencias, de nuestro actuar, de la manera en que lastimamos a otros y a nosotros mismos, no es sencillo.

De hecho, la mayoría de nosotros preferimos vivir alejados de esos pájaros carpinteros que nos cuestionan, y buscamos por todos los medios evitarles hurgar en nuestra cabeza, corazón y alma. Jesús tenía razón, “dichosos los que creen sin haber visto”. Es decir, que nunca se cuestionan, que prefieren vivir bajo reglas y leyes, y no buscan el sentido de las cosas, la humanidad que hay detrás.

Hay, sin embargo, personas como Santo Tomás, que se niegan a creer sin haber visto. Admiro a Santo Tomás, porque comprendo su necesidad de hurgar en las heridas para descubrir verdades que vayan más allá de lo evidente. Y agradezco que Jesús haya sido tan noble como para decirle, “ven, toca, mete tu dedo en mis yagas y tu puño en mi costado”. La gente que no se atreve a tanto, piensa que Jesús lo reprendió por no haber creído, pero no. Jesús le dio lo que necesitaba: le permitió tocar la verdad del sufrimiento para tener la fuerza necesaria y lograr trascenderlo. (Juan 20, 25)

A Dios no le molesta darnos pruebas. Sabe, sin embargo, que implicará dolor y sabe que quienes pasan por semejantes pruebas sufrirán y no serán “dichosos”.

Felices los ignorantes, dicen por ahí. Pero al final del camino, la alegría tiene que ser mayor. ¡Tocar las yagas de Cristo y trascender el dolor! En muchos sentidos ese debería ser el objetivo de todos. A Tomás tocar las heridas de Jesús lo llevó a desmoronarse frente a él y exclamar: Dios mío y Señor mío. ¡Cuántas cosas no habrá comprendido en ese instante!

Así que no caigamos en la trampa común que muchos aseguran es verdad: “Dios quiere que seas feliz”. Sinceramente no lo creo. Es, en todo caso, una verdad a medias que muchos aseguran con tal de no cuestionarse nada y no enfrentar el dolor. Pero a mi entender, lo que Dios quiere es que seamos plenos. Eso implica mucho más.

Y es que, es muy común creer que la fe que se cuestiona no es fe. Pero eso es un error: la fe que se cuestiona y a pesar de todas esas dudas, sigue en pie, esa es fe. La fe que no puede soportar ser cuestionada, que no puede abrirse a la posibilidad del error y atreverse a verificar eso que dice creer, esa no es fe, es miedo. El miedo a equivocarnos es un obstáculo casi insalvable para progresar en cualquier cosa que pretendamos hacer. No hay logro sin errores. Y los errores siempre serán más, muchos más, que los aciertos.

En esta analogía de un hoyo que se crea en un árbol, las bacterias, esos microscópicos seres que no se ven, pero actúan para limpiar el interior del árbol de todo, a mi entender representan al Espíritu Santo. Ese es Dios actuando. Verás, creo que Dios no pretende llenar tu ser, corazón y cabeza de ideas. Creo que quiere que la libertad sea precisamente la posibilidad de mantenerte abierto a lo que sea que llegue a tu vida, de modo que puedas estar abierto eso que llega y lo puedas contener. ¿Y qué puede llegar?

Bueno, pues en esta imagen de un hoyo en un árbol, este pequeño lugar en un árbol se convierte en hogar para toda clase de animales. De modo que lo que llega es vida. Una vida que necesitará refugio, protección, calor, ayuda. Eso es lo que Yavé, el soplo de la Vida desea que sean nuestros corazones: un refugio capaz de sostener la vida.

Una vez que hemos sido capaces de “despojarnos” de nuestro ser, seremos capaces de “recibir” la verdadera vida y el amor de otros seres. Pero llegar a esta capacidad implica atravesar por ese proceso de desprendernos de todo eso que estorba y no permite que la verdadera vida llegue a nosotros. Ideas, sentires, errores, culpas, lamentaciones, dolor, pena, incluso alegrías falsas y convicciones limitantes. Hay tanto que transformar en nuestro interior. Tantas cosas que necesitamos dejar morir para ser capaces de acompañar a otros en sus vidas y entregar nuestro ser a la existencia del todo, y no sólo a nuestro vivir y existir.

Dios mío, gracias por los árboles y sus hoyos, por la vida que albergan y la posibilidad que nos das de darnos cuenta de todos estos hermosos procesos naturales que nos hablan de ti y tu actuar. Permítenos mantenernos humildes a la grandeza y sabiduría de tu naturaleza, y ayúdanos a aceptar nuestras heridas, penas y dolores, como instrumentos de la transformación que Tú buscas hacer en nosotros. Gracias mi dulce Señor, mi Rey, mi amado Bien. Gracias por tu entrega y tus cuidados. Gracias por recorrer el camino de la transformación a mi lado y a lado de todos nosotros. Permítenos descubrirte en nuestros pesares como el aliento de vida que purifica, y haznos dóciles a tu voz y tu presencia. Bendito eres por siempre. Te amo.



lunes, 4 de febrero de 2019

Jesús prefiere estar contigo

Photo by James Coleman on Unsplash

Ayer, una amiga muy querida me preguntó: “Cuando el padre te pone una penitenciaria, ¿puedes comulgar o debes hacerlo hasta que la cumplas?”

Yo respondí: “Puedes comulgar, pero con la firme intención de cumplirla lo antes posible. Jesús siempre prefiere estar contigo que lejos de ti.”

Le aseguré que alguien me lo había explicado así alguna vez: “Si ya te confesaste, puedes comulgar. Si hay algo que debas hacer sólo no lo olvides. La penitencia no es castigo ni requisito, es la intención de que recapacites, corrijas una acción, medites, te comprometas con un cambio.” Le recomendé también preguntarle directamente a Jesús antes de comulgar. “Escúchalo justo antes de comulgar. Si le preguntas, «¿Debo comulgar?» Te lo dirá: Prefiero estar contigo que lejos de ti.”

Pero me quedé intranquila porque la realidad es que no recuerdo quién me dijo que aún sin haber cumplido tu penitencia (digo, a veces te piden, por ejemplo, que hagas una buena acción que no vas a hacer en la siguiente hora de la misa) puedes comulgar.

Mi intranquilidad se calmó al leer la cita de hoy. 2 Crónicas 30 describe la gran Pascua que después de años de no haberse realizado, se realizó para volver al camino de Yavé. Pero este “volver” no significa ya estar ahí, ya ser perfectos. Es un andar que se inicia con la voluntad de acercarnos y empezar a cambiar.

“Y como muchos de la asamblea no se habían santificado, los levitas (responsables de la santificación) fueron los encargados de inmolar los corderos pascuales (labor de los sacerdotes, no de los levitas) para todos los que no se hallaban puros, a fin de santificarlos para Yavé. Pues una gran parte del pueblo, muchos de Efraím, de Manasés, de Iscar, y de Zabulón, no se habían purificado y con todo comieron la Pascua sin observar lo escrito.

“Pero Ezequías (rey de Judá) rezó por ellos diciendo: «Que Yavé que es bueno perdone a todos aquellos cuyo corazón está dispuesto a buscar a Yavé Dios, el Dios de sus padres, aunque no tengan la pureza requerida para las cosas sagradas.» Y Yavé escuchó a Ezequías y no castigó al pueblo por este incumplimiento.” 2 Cró 30, 17 a 20

Yo sé lo doloroso que puede ser desear comulgar y no poder hacerlo. Cuando me casé, no me casé por la Iglesia. Tardé cinco años en casarme por la Iglesia. Todo ese tiempo, comulgar fue un deseo doloroso. Fue precisamente el deseo de comulgar lo que me llevó al altar y a asumir un compromiso. ¿Empezar a comulgar trajo toda clase de beneficios? La verdad no. Pasé por un episodio obscuro en mi vida, de muchos y graves errores. Creo que es lo peor que he sido en toda mi existencia y espero nunca volver a esos pasajes aparentemente llenos de luz, pero por lo mismo, cegadores al grado de la inconsciencia absoluta.

Pero creo firmemente que, si logré salir de ahí, fue por dos cosas: el hecho de confesarme cada semana (el Padre Robert Coogan me tuvo una paciencia ENORME, y viviré agradecida por eso el resto de mi existencia), y el hecho de comulgar aún sabiendo que no lo merecía. Fueron esas dos acciones las que por fin me liberaron de las mentiras de las que era prisionera y logré hablar con la verdad y poner al descubierto el daño que hice y me hicieron.

También conozco gente divorciada que merece comulgar y no lo hacen porque a pesar de tener una vida plena y haber formado una nueva familia cristiana, no tienen la “autorización” de la Iglesia. Y conozco casos en los que el sacerdote amigo de esta nueva familia, que los conoce y los trata por años y ve su entrega, les da finalmente el “permiso” de comulgar. Y otros en los que el sacerdote no otorga “permiso” pase lo que pase, hagan lo que hagan, digan lo que digan, sean lo que sean. Y viven su fe sin la dicha de comulgar.

Como alguien que conoce el rechazo de cerca y a quien se le ha negado la “comunión” con otros, puedo asegurarles que, nada duele más que ser juzgado, encontrado culpable, y rechazado ante algo tan necesario como comulgar, que es precisamente estar en comunión con Dios y su Iglesia. Es decir, ser miembro aceptado, reconocido y cercano.

De verdad que no he logrado entender por qué, si Jesús nos dijo claramente que Él venía por los pecadores, por los enfermos, no por los buenos y sanos… ¿Por qué negarle a quien más lo necesita su cuerpo? ¿Por qué exigir una pureza que es imposible que alguien tenga del todo? ¿Por qué pedir perfección cuando el mundo es cada vez más imperfecto? ¿Por qué no entendemos que Jesús, Dios, el Espíritu Santo es quien puede corregir voluntades, cambiar corazones, aliviar penas, transformar almas, curar espíritus, y en cambio exigimos que la gente pretenda hacer todo eso solo, sin Jesús en su cuerpo, alma y voluntad?

Este es el tipo de cosas que ponen a la Iglesia en duda frente a sus feligreses, porque todos los días vemos a sacerdotes comulgar, y todos conocemos a alguno que quizá no debería hacerlo. Y, sin embargo, lo hacen y con la mano en la cintura y la hipocresía en el rostro, hay quien nos dice: Tú no puedes comulgar.

Supongo que sólo me queda decirte: Pregunta y busca a algún sacerdote que no te exija perfección y comprenda tus debilidades, y quizá te ayude a acercarte a Jesús permitiéndote comulgar bajo las circunstancias que vives. O al menos te ayude a encontrar otras formas (lectio divina, oración, servicio) para comulgar con Dios y su Iglesia.

Yo te quiero decir que comulgues siempre que lo desees, que verdaderamente lo desees. Pero yo no soy quién para otorgarte ese permiso, pero Jesús sí es quien puede dártelo. Y vivas la situación que vivas, acércate, confiésate y pide. Y vuelve a hacerlo una y otra y otra y otra vez. La constancia es clave.

Y si te topas con un sacerdote que no escucha, ve a buscar a otro que sí lo haga. Pero cuídate. Por favor, cuídate. No toda alma que se muestra dispuesta está interesada en ayudarte. Demasiada miel puede también ser una trampa. Y si eres un alma necesitada, eres también un ser vulnerable. Recuerda que también hay lobos entre los corderos. Y los predadores siempre buscan presas fáciles, débiles, confundidas y solas. ¡Qué importante es no dejar solo/a a nadie! Pide siempre la guía de Jesús y confía en Él, sólo en Él.

Y yo sé que a veces confesarlo todo no es sencillo. Yo me tardé meses y sufrí mucho, pero no te alejes de Dios por que eres imperfecto, porque te sientes incompleto, porque piensas y estás convencido de que no tienes valía, y no escuches los juicios de los demás.

Siempre habrá alguien que te diga que “todo es mejor sin ti” o que te asegure que no “vales la pena” o que lance la sentencia y de diga que “no eres digno”. En esos caso, voltea a ver la Cruz de Cristo y aún sin comulgar, pon tu alma en esa Cruz, y mira y escucha y siente todo ese dolor. Sabrás que “vales la pena.” Jesús vivió una enorme pena para acompañarte, ayudarte a matar tu culpa y la de todos, y darte la fuerza para responsabilizarte de tu vida, tu alma, tus actos y tu corazón. El que exista quien te niegue la comunión no hará que su entrega sea menos valiosa. (De verdad que no alcanzan a ver que negarle la comunión a alguien es negar el sacrificio de Jesús, negar su entrega. ¿Cómo pueden hacer eso? ¿Quién les ha dado semejante autoridad? En fin…)

Alguien que te niega la comunión, creo, no hace bien, y sin embargo te pido que lo respetes. En el camino hay muchas piedras y algunas de ellas son de tropiezo, pero para Dios, no hay piedra tan grande que no pueda salvarse. Tu sigue adelante en tu encuentro con Jesús. Respeta las reglas. Jesús lo hizo también. Pero si algo no te parece, dilo. Jesús lo hizo también. De otra manera, la Iglesia no va a cambiar para darle frente a los retos de hoy, y seguirá respondiendo con fórmulas de siglos anteriores.

Atrévete a desarrollar tu criterio, conoce las escrituras, y pregunta siempre que tengas dudas. Y siempre que puedas sé crítico y expresa tu opinión. El Espíritu impregna la comunidad a través de cambios en la manera de pensar y los nuevos conocimientos que se tienen. También a través de movimientos sociales, nuevas ideas, nuevas maneras de comprender los hechos. Las señales de los tiempos no deben ser ignorados, sino integrados, analizados, discutidos. Si no hablas de lo que crees, de lo que piensas, de lo que Dios te da a conocer también, ¿cómo vamos a cambiar a estar Iglesia para hacerla más humana? El mundo cambia cuando cambian las consciencias. Edúcate, no te quedes cruzado de brazos esperando a que el padre/sacerdote decida educarte. Te vas a quedar sentado. Ellos ya tienen mucha chamba de por sí.  

Date también tiempo para conocer a los santos. Te sorprenderá saber que muchos de ellos no eran perfectos y que a veces fueron también perseguidos por la Iglesia y por no estar de acuerdo en algunas cosas. Hay quienes, además, tienen vidas sorprendentemente sencillas y otros increíblemente complejas. Hay tantas aproximaciones a la santidad como santos conocidos y sin conocer (hay gente santa que nunca se le conoce). Así que no le tengas miedo a la idea de la santidad: búscala.

Y recuerda, que tú también eres sacerdote. Quizá no puedas consagrar el pan (algo que confío algún día cambiará pues el sacerdocio dejará de estar condicionado a un grado extremo y más personas que sin duda tienen vocación, podrán aspirar a serlo), pero definitivamente puedes ofrecerte como sacrificio, santificarte y elevar tu alma, consciencia y entrega para ponerlas en manos de Dios. Ese es tu derecho como hijo/a amado/a de Dios. Y es un derecho que nadie puede negarte. Nadie.

Gracias Jesús por no habernos puesto condiciones para entregarte a nosotros. Por enseñarnos a poner nuestro espíritu en manos de nuestro Padre/Madre. Y gracias por enviarnos tu Espíritu, capaz de transformar el aire en tu cuerpo y sangre si así lo decides, para que, al suspirar después de nuestra oración, te recibamos también, estemos donde estemos, seamos quien seamos. Gracias, gracias, gracias. Te amo.