jueves, 28 de junio de 2012

Que la Voluntad sea contigo

Querida Amida, Algunos años atrás cuando era un joven estudiante de psicología, tuve el privilegio de estar en un seminario con el reconocido psicólogo polaco, Casmir Dabrowski. Acababa de dar una conferencia en lo que él llamó “desintegración positiva”. Su teoría es que para crecer, primero debemos desintegrarnos (en inglés: falling apart, es decir, caer y rompernos, separarnos, hacernos pedazos). Él creía que al final, son nuestras inferioridades las que construyen nuestra alma. Por lo tanto, un importante ejercicio en la vida espiritual es aprender a escuchar a nuestras inferioridades.
Ron Rolheiser, OMI (Inferiority builds the soul)
Las palabras que sirven de introducción a la meditación del Padre Rolheiser se asomaron en aquel correo como una diminuta lucecita de esperanza. Quizá haya salvación después de todo. Y no se crea, por favor, que hablo de la vida eterna. La necesidad urgente no está en el más allá, sino en este mundo, en esta vida, en este cuerpo, en esta realidad. Aquí y ahora. 
 
Según explica Rolheiser, no son nuestras fortalezas las que nos dan profundidad y carácter, sino nuestras debilidades. Sí, ahí, justo ahí donde la obscuridad parece total, la luz de la esperanza y el perdón –el recibido y el dado– tienen mayor sentido. 
 
¿Qué nos hace personas profundas? ¿Qué nos ha enseñado compasión? ¿Nuestros logros?, pregunta Rolheiser. Y puede darse el caso de que exista alguien que tranquilamente responda sí. Esa persona dirá: sí, son mis logros, mis cualidades, mis grandezas, mis habilidades, mis fortalezas las que me han enseñado lo que es la compasión, las que me han llevado a la profundidad del alma, las que me han abierto la puerta a la necesidad de amor y aceptación por sobre todo, y más aún, las que me han llevado a la voluntad de amar y aceptar a mi vez por sobre todo. Sin embargo, hay demasiados “mis” en semejante afirmación. Demasiados. 
 
Porque en la obscuridad del alma, en las sombras del corazón, los “mis” son escasos, si no es que nulos. Nada parece ser tuyo. Todo se te escapa de las manos. La vida misma se siente más como un traje impuesto, que ni te abarca ni acabas de llenar por mucho que te esfuerces en lucirlo. 
 
En la obscuridad de la noche, insisto, los “mis” no existen porque en realidad no quieres aquello que se te presenta como tuyo. No quieres tus defectos, no quieres tus debilidades, no quieres amar a quienes te han herido ni quieres perdonar ni aceptar que has participado en aquel desastre que es tu vida. No quieres ser responsable ni quieres, por increíble que parezca, la libertad que se te ofrece para cambiarlo todo. Y no lo quieres porque simplemente parece imposible cambiarlo todo. Es un sin sentido total que te come las entrañas, y sin esa fuerza vital la voluntad corre el riesgo de morir aniquilada en un suspiro de añoranza. Y cualquier día, cualquiera, la vida acaba a fuerza de no querer vivirla.
 
No voy a decirte que vivir esa obscuridad te impulsa necesariamente a la profundidad del alma y al desarrollo de nuestro carácter. No. Por sí solo no sucede. Son muchas las personas que se instalan en esa obscuridad y aprenden a vivir con ella, en ella, a partir de ella y a través de ella. Y puede que digan que la vida es amor y que viven agradecidos con Dios, pero odian incluso levantarse en las mañanas, y son incapaces de dar gracias a quien les sirve el café y van más lejos aún y se molestan si quien se los ha servido olvida que lo toman negro, sin azúcar ni leche: como debe tomarse el café. La vida la viven como un deber, no como el gozo y el regalo que es. 
 
Hay también quienes viven sus caídas de desintegración (falling apart) como un auxilio y una súplica, y han, por ello, experimentado el amor de Dios. Saben que son hijos amados y saben que hay perdón para ellos. Mas, y esto es lo triste, siguen la luz sin verdadero sentido, porque no han hecho suyo el conocer que los guía. Les basta repetir y repetir y repetir. Son felices, sin duda lo son, pero no pueden comprender el amor que existe oculto en las trémulas sombras que les rodean a partir de la luz. Y sienten amenaza por todo cuando no alcanzan a ver. No hay fe absoluta, vaya. La luz aún no está en el ser. 
 
Y luego están los menos, los que no sólo siguen la luz, sino quieren ser luz. Son ellos para los que caer en la desintegración implica vivir a fondo sus caídas y encontrar en el misterio de la imperfección lo que tiene de divino. Saben que Dios está en todo, es todo y lo domina todo, incluso su mal. De modo que lo ven y viven de frente, de lleno, con mucho miedo de por medio, pero con la total convicción de que el amor, que es finalmente lo que los impulsa a enfrentar la verdad de su defecto, sabrá ayudarlos a transformar esa obscuridad en luz. 
 
En todo el proceso el elemento clave es uno: la voluntad, que se expresa en humilde solicitud, constante empeño, agresivo esfuerzo y dócil obediencia. Voluntad que es imposible explicar, pero que bien hacemos en pedir, en fomentar, en usar y en seguir. 
 
De modo que sólo me queda desearte que la Voluntad sea contigo y conmigo, para que la Paz de su transformación llegue a convertirnos en Luz. De todo corazón te lo deseo. De todo corazón lo solicito. Que así sea, Dios mío. Por favor, que así sea.








domingo, 17 de junio de 2012

Enamórate de Mí

Era la hora sexta, que es decir mediodía. El sol estaba en su más alto esplendor y su cuerpo, empapado de cansancio y de sed, se reusó a dar otro paso. Despidió a los suyos con la sonrisa de siempre y un: aquí los espero. Se sentó entonces a la orilla de un pozo con la expresión de quién ha tomado la determinación total de no escuchar razones. De modo que los suyos ni siquiera hicieron el esfuerzo por convencerlo de seguir y continuaron sin Él su camino hacia la ciudad en busca de comida. 

Al poco rato, muy poco rato, llegó ella. Cansada también. Arrastrando su cuerpo empapado y sediento a su vez. Llevaba un cántaro para sacar agua del pozo, y nada más. Nadie le acompañaba y nadie le ayudaría a cargar su cántaro una vez lleno. Llegó sola. Ella y su cántaro. Un vacío y una mujer. 

¿Qué hacía una mujer con un cántaro a mediodía junto al pozo? Eso nadie se lo explica. Ninguna mujer de Samaria iría al pozo a una hora tan poco prudente. En un desierto los pozos se visitan temprano o ya tarde, para que el sol no acabe con los ánimos, para que el aire sea ligero y para que otros te acompañen. El extraño comportamiento de aquella mujer puede empujarnos a simplemente considerarla insensata. Pero la realidad es que la sensatez de esta mujer no respondió nunca a la lógica de su tiempo ni de quienes la rodeaban. Ella era una mujer que buscaba lo que necesitaba cuando lo necesitaba. Y al momento de tomar el cántaro para salir a buscar agua, ella necesitaba huir y olvidar que las horas queman más que el sol cuando nos caen encima sin sentido. 

Dio los primero pasos y las lágrimas empezaron a confundirse con el sudor. Era mejor así: caminar con el dolor que quedarse quieta en un rincón a que el dolor la inmovilice, y luego lo peor: tratar de dar explicaciones que no tenía, y escuchar a familiares y amigos decirle lo absurdo de su sentir y darle la receta del “echarle ganas” que tantas otras veces se había tenido que tragar a fuerza de que la dejen en paz. Por eso se armó de su cántaro y se fue a buscar agua, y quizá respuestas, al pozo de sus antepasados. 

Fue un hermoso coincidir: ella salió a buscar agua y Él se sentó a lado de un pozo, en espera de que alguien le de agua. Un encuentro hecho en el cielo. 

Al verla llegar Él le sonrió y la miró directamente a los ojos: Dame de beber. Ella sintió esa mirada tan familiar y escuchó esas palabras tan directas, que no pudo más que sorprenderse. Ningún judío le hablaría así a una samaritana. Vaya, ningún hombre le hablaría así a una mujer. Y ella era ambas: samaritana y mujer. 

Mas no se crea que ella se dejó intimidar por aquella familiaridad poco común. Con la misma mirada y el mismo tono le increpó: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?
 
Ah, respondió Él, porque yo soy como tú y actúo según lo necesito, y ahora necesito agua y tú traes un cántaro, y ambos estamos junto a un pozo. Así que tú me das agua, y mientras bebo charlamos, y me cuentas quién eres, por qué estás tan triste, que dolor te acompaña, y yo te escucho mientras bebo, y al hacerlo, te sirvo yo de agua viva para que bebas también y puedas por fin secar la sed de tus lágrimas

¿Charlamos para que tú me sirvas de agua viva?, preguntó ella. ¿Cómo es eso? ¿De dónde sacarás agua viva si ni un cántaro traes contigo? ¿Y cómo puede el agua estar “viva”? Mira, mejor toma ya un poco de agua que el sol y la sed están alterando tu cabeza. Lo dijo con una carcajada, le dio agua y se sentó a su lado, divertida. 

Ya con la sonrisa dibujada en el rostro de ambos, con la familiaridad establecida y con el buen humor de haber compartido un cántaro para beber, los ánimos se relajaron. En ese ambiente Él soltó las preguntas: ¿Quién eres mujer? ¿Cómo te llamas?
 
Soy Eraside, samaritana, mujer, hija del pueblo de Jacob, quien nos diera este pozo. ¿Y tú? (Oh sí, le hablaba de tú, no hubo nunca un Señor ni un usted entre ellos.) ¿Quién eres tú?
 
¿Yo? Yo soy el Agua Viva del que aún no te animas a beber. Pero cuéntame más, ¿por qué estás triste?
 
Ella no dijo nada, porque no podía decir nada. La realidad es que no sabía. Y sin decir una sola palabra abrazó su cántaro, medio vacío, medio lleno, y empezó a llorar.

Él lo comprendió todo de inmediato. Y la dejó llorar. Tomó el cántaro, lo puso a un lado en el suelo, y la dejó llorar. Colocó su rostro sobre su pecho, y la dejó llorar. La abrazó, y la dejó llorar. 

Después, casi en un susurro, le preguntó sobre su marido. Y ella, lloró todavía más. No tengo marido, le dijo. Estoy sola

Haces bien en decir que no tienes marido. Ni el que ahora está a tu lado ni los otros, ¿cuatro?, ¿cinco?... cinco antes que él fueron tus maridos. Siempre has estado sola. Sola te encuentran y sola te dejan. Y es bueno que sepas reconocer la verdad. Y sería mejor si aprendieras por fin también a aceptarla. Estás sola. Pero mira, mírame bien, aquí, directo a los ojos, Yo Soy Agua Viva, y puedo saciar la sed de amor que hay en tu alma. Tú eres una mujer enamorada del amor, y Yo Soy Amor. Un amor que no te hará daño, un amor que te dirá quién eres y que le dará sentido a tu vida y a tu ser.

Ella se liberó de golpe de sus brazos. Demasiadas veces había escuchado palabras de amor, y demasiadas veces había cometido el error de creerlas. Su ánimo ya no estaba para eso. Empezó a buscar su cántaro en el suelo, se aferro a aquel vacío, y se dispuso a tomar su camino de regreso. Pero sucedió algo, algo increíble, algo fantástico. 

Él empezó a hablar, pero no de amor. Le habló de su vida. Le habló con la Verdad. Le dijo todo lo que su vida había sido hasta entonces. Le explicó de dónde surgían sus temores, qué eventos desencadenaron su pesar, cuáles liberaron su mente, y cuáles sujetaron su alma. Le puso nombre a todos y cada uno de sus sentimientos. Le dio razones de porqué habían sucedido tales o cuales hechos en su vida. Le dio santo y seña para reconocer dónde estaban sus errores. Vaya, le mostró un mapa de su ser, en el que se vislumbraba con toda claridad el origen de su caminar y el destino de sus pasos.
Conforme él hablaba ella soltaba el cántaro, hasta que por fin, al decir Él la última palabra, cayó al suelo y se hizo mil pedazos. El vacío había desaparecido y en su lugar ella se descubrió sosteniendo su corazón en el pecho. Lo descubrió vivo, tan fuerte latía. Lo descubrió lleno, tan grande era.

Veo que eres un profeta. Dime, dime ahora, suplicó la mujer, ¿dónde debo adorar a quien ha llenado mi alma? ¿En este monte, en Jerusalén?
 
Adórale en Espíritu y en Verdad, adórale justo donde tienes tus manos, y extiende ese amor por todo tu ser hasta que te sea imposible amarlo todo.
 
¿En Espíritu y en Verdad? ¿Cómo es eso? ¿Acaso no debemos esperar a que nuestro salvador llegue a develarnos… ?, no pudo seguir… lo comprendió justo entonces: Llegue a develarnos, repitió quedo, muy bajito, para confirmar su entender, para asimilar la verdad recién descubierta: develarnos.
Él le sonrió. Te lo dije. Yo Soy Agua Viva, Soy Amor, y Soy quién puede darle sentido a tu vida y a tu ser. Así que ya no dudes más mujer, y enamórate de Mí, que yo sabré amarte y sabré respetar tu existencia. Y en ese amar y respetar enalteceré el nombre de mi Padre, y tú serás mi hermana, mi novia, mi vida. Enamórate de Mí Eraside. De Mí.






















domingo, 10 de junio de 2012

Caer en el amor

La teacher simuló tropezar y caer. Explicaba la palabra fall, caer. Todos rieron y comprendieron de inmediato. La teacher se disponía a pasar al siguiente ejercicio cuando se levantó una mano titubeante. ¿Y por qué se dice fall in love (caer en el amor = enamorarse)? Ah… well, because love is…-suspiró- an accident.
Es verdad, enamorarse es un accidente. Un afortunado y hermoso accidente. Incluso cuando se trata de un amor condenado al fracaso y a la tragedia, el hecho mismo de caer, te llena la cabeza de tantas estrellitas dando vueltas que la tristeza sabe dulce y el dolor tiene alas. Muchos creen que esa ligereza del ánimo, esa alegría en el corazón, es un simple corto circuito en el sistema endócrino que pone a todas tus hormonas a funcionar sin control ni restricciones. Pero no importa qué tanto llegues a comprender lo que sucede al momento de caer, si eres tú el que está en el suelo, ningún afán de entenderlo te librará de sentirlo. Y serás feliz, completamente feliz, porque crees que amas a alguien.
Sí, me has leído bien, he escrito “crees que amas a alguien.” Y esa fe incontrolable puede ser un impulso importante para dar el siguiente paso: levantarte. Porque muchos creen que el amor empieza en esa primera mirada, palabra, roce que te hace caer. Pero no, el amor inicia cuando incluso entre tanta confusión y atolondramiento, logras impulsarte hacia arriba, te sobas la cabeza, tomas aire para oxigenar la sangre y colocas ambos pies sobre la tierra.
Si enamorarse es caer, amar es levantarse.
Ahora, levantarse se dice fácil. Pero decir y hacer son cosas distintas. Recuerda que hay una revolución hormonal en el sistema capaz incluso de hacerte ver lo que quieres ver con tal de seguir en la dicha del creer ciegamente que aquel alboroto es amor, amor, amor del bueno. Pero no, no es amor porque simplemente no te has sacudido los ánimos para impulsarte por encima de todo, incluso de ti, y ahora sí, amar.
Hace falta además advertirte que amar tiene tantos matices que desear reducirlo a que amar es sufrir y querer es gozar, es un insulto a la inteligencia y humanidad de todos –aun cuando no todos se den por insultados y prefieran dejarlo así para no pensarle ni comprometerse más a fondo. Mejor dejarlo todo cómodamente dividido en dos: el que ama no puede pensar, todo lo da, todo; a diferencia del querer que es la carne y la flor, el obscuro rincón, un deseo fugaz.
Pero no, amar es levantarse, que es decir crecer. Es transformarte.
Amar, por ejemplo, puede empezar con una despedida. Y es que siempre –sí, he dicho siempre- el ser amado buscará ante todo un/una amigo/a que haga un poco, o un mucho, porque alcance lo que anhela. Y eso nos coloca inevitablemente ante el hecho de que en ese descubrirse, crecer y superarse, se dé cuenta de que no somos lo que anhela, y se marche más allá de donde le podremos acompañar. Hay mucho dolor en esta entrega, así que muy bien podríamos preferir amarnos más a nosotros, y convertirnos en un extraño que alguna vez amo a otro extraño. Y se vale. Para amar hay que amarnos a nosotros primero. Y mostrarnos compasión ante un dolor tan grande nos prepara para futuros encuentros, en los que quizá necesitemos un/una amigo/a, y nos pidan entonces a nosotros comprensión: no me pidas ser tu amigo/a, nos dirán, y le dejaremos ir por amor.
Amar también podría convertirse en un “ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta.” Pero la realidad es que seguirá teniendo esa misma mirada, y dirá la palabra precisa y su rostro seguirá iluminándose con su hermosa sonrisa. “Ojalá por lo menos que me lleve la muerte…” Y afortunadamente para todos, no te vas a morir. Y la luna seguirá saliendo por las noches, y aunque el deseo no se vaya tras del ser amado a “su viejo gobierno de difuntos y flores”, la entrega te habrá transformado, y ahora sabes algo que antes no sabías: eres capaz de amar. Nunca volverás a ser la misma persona. Al levantarte has crecido. Y al crecer aprenderás a perdonar.
Amar también puede ser un sin sentido en el que el amor se esconda y hulla de nuestro encuentro. Será imposible comprenderlo, pues por saber de su vida no vulneramos ningún mandamiento, y finalmente tú sólo quieres saber cómo está. Pero mira, no hay mal que no cure. Además, debes cuidar que el final de una historia que termina en fracaso no te sirva de ejemplo. Hay quien afirma que el amor es un milagro. Y los milagros sí existen. Ten fe. Amar también es creer por sobre todas las cosas.
Hay también amores que rompen nuestros esquemas. Son pocos los que se atreven a amar así porque a casi nadie le gusta romper esquemas. Amar es sufrir, querer es gozar, suena a sabiduría de primera cuando no hemos roto esquemas. Cuando no sabemos si volverá pero le esperamos confiados en que sí volverá. Confiados y temerosos, porque sabemos que ese ser amado no es nuestro, nunca lo ha sido y nunca lo será. Le pertenece a la vida y es un regalo de Dios que no podemos abrir a fuerza de voluntad ni hay manera de convencer. Tiene que darse. Y sólo se da. Es un breve espacio que puede repetirse para siempre o puede acabar hoy mismo. Ante esta clase de amor somos humildes y estamos dispuestos a compartirle con la vida, a quien le agradecemos haya llenado nuestro ser con un amor que no es perfecto, pero se acerca a nuestro soñar.










lunes, 4 de junio de 2012

Quiero ser



A veces sucede que una pieza musical se me clava en el alma y se convierte en oración. “Quiero ser”, de Amaia Montero (un regalo de mi hermana) forma parte de ellas. Y la quise compartir. Y aunque sé que es de mal gusto explicar un poema, he tenido que hacerlo. Porque vivimos en Babel, y quiero acercarme, traducir mi sentir. Quizá pueda ser oración para ambos, para todos.

Quiero ser, una palabra…
             de ser posible permite que sea amor,
             un amor sereno y claro que pueda amar sin lamentos,
             que sepa dar sin pedir,
             que sepa ser sin estar.

Quiero ser, un alma libre…
             dispuesta a elegir sin perder mis deseos,
             sin sentir que la noche
             lo llena todo de miedo,
             y llegar por fin de madrugada
             a la esperanza de Tu amor.

Quiero ser una emigrante…
             y no una excluida.
             Aceptar que no siempre habrá un lugar para mí,
             por mucho que lo necesite, por vital que sea.
             Y aún así ser capaz de llevar Tu nombre
             en mis labios, pues son tuyos,
             y no pueden más que pronunciarte.
             Y lo hacen, aunque duela,
             aunque tenga que ser un susurro...
             no pueden más que pronunciarte.

Quiero creer, quiero saber,
que dormiré a la verita tuya…
              llena de sueños que Te contienen
              y de vidas que te respiran.

Quiero esconderme del miedo y mirar de una vez
los ojos que tiene la luna…
              esos ojos llenos de Ti.
              Esos ojos.

Quiero cantar a la libertad…
              de Tu Espíritu en mi alma.

Y caminar cerca del mar
              -poema en Tu honor.
…amarradita siempre a tu cintura
              -porque te llevo en mi entraña.

Que esta locura de amarte no puede acabar
por mucho que…
               Me entren las dudas.
               Porque dudo, claro que dudo.
               Y aunque sé que el conflicto es mío y sólo mío,
               y que todo depende de mí,
               es locura, la locura de amarte,
               que no puede acabar por mucho que me entren las dudas
… de si eres Tú el que me hace tan feliz.

Quiero ser, la que te jure amor eterno.

Quiero ser, una parada en la estación
que lleva tu nombre.

Quiero ser el verbo puedo…
             un verbo Señor, un verbo.

Quiero andarme sin rodeos,
confesarte que una tarde empecé a morir por ti…
             aunque claro, eso Tú ya lo sabes.

Quiero ser…

domingo, 27 de mayo de 2012

Vivimos en una torre de Babel


Un día me sorprendí diciéndolo: “estoy segura de que hablamos de lo mismo pero como vivimos en una torre de Babel, no puedo estar de acuerdo.” 
 
¿De qué se hablaba? Eso no tiene importancia, o por lo menos ya no la tiene. El tema se agotó y listo. Lo otro, la sorpresa al mencionar aquella torre, fue lo que me impactó, porque antes de ese instante, no se me había ocurrido. No había podido dejar de pensar en eso desde entonces: vivimos en una torre de Babel. 
 
¿Por qué no podía dejar de pensarlo? Simple. Me duele mucho que así sea. Preferiría vivir siempre de acuerdo, cercana a ti. Demasiadas veces no estar de acuerdo me ha alejado. Y resulta además que tengo la tendencia a verlo todo desde distintos ángulos, así que, termino comprendiendo a las partes, pero no estando completamente de acuerdo con nadie. Y claro, sola. Porque en un mundo dividido y desperdigado, hace falta tener definido un lugar. Cualquier otra cosa es… intolerable. 
 
La historia cuenta que hubo un tiempo en que “todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras.” ¿Te lo imaginas? La distancia esa que nos separa y que nunca logramos expresar, porque nunca logramos entender, no existiría. 
 
¿Por qué Dios mío? ¿Por qué separarnos de ese modo? ¿No ves que estamos solos? ¿Por qué no quieres que logremos todo cuanto nos propongamos? 
 
Las preguntas siempre han estado ahí, como maderos de un viejo barco hundido en el océano que, por alguna razón inexplicable, se desprendieron como atraídos por la superficie de la afirmación: “vivimos en una torre de Babel.” 
 
Y desde que surgieron, no había podido dejar de aferrarme a ellas como lo haría un náufrago que no logra ver tierra. Temerosa de que por respuesta encuentre egoísmo y recelo por parte de mi Dios.
Pero llegó el día en que vi tierra. ¡Y qué hermosa tierra! Hermosa porque no se eleva sobre la superficie de ese océano dispuesto a tragarme entera. No. Todo lo contrario: la tierra/respuesta que buscaba se sumergía en el mar. Sí, sí, ya sé, tengo que ser más clara. 
 
Verás, soñé que era ballena. Oh, claro, perdón, eso por sí sólo aún te dice nada. 
 
Bueno, permíteme empezar un poco más atrás. Yo me aferraba a mis maderos/preguntas temerosa de que el mar me tragara entera. Me aferraba con tal fuerza que agoté mis ánimos y cansada mis manos soltaron los maderos, y yo, en vez de hundirme sin fuerza ni esperanza… floté. Me sentí transformarme en un cuerpo pesado pero ágil. Enorme pero frágil. Tosco y delicado a la vez.
Me vi nadar. Yo era/soy una ballena. Nadé y nadé. Feliz de ser, feliz de estar. Y fue en ese ser y en ese estar, en el fluir del agua que acariciaba mi piel, que comprendí que todo lo habíamos entendido al revés. No hace falta subir al cielo, construir torres, crear saberes y buscar la fama con nuestros logros. Basta con dejarnos transformar en eso que ya somos. No es añadiendo a nuestro yo, ni es elevándonos por encima de quienes nos rodean como lograremos salvar la distancia de nuestra soledad. Es en realidad más simple y más cercano: sumergirnos en quiénes somos, dejando de aferrarnos a nuestras verdades como si fueran éstos los únicos maderos válidos que habitar. El océano es tan vasto, tan misterioso, que si has de experimentar con él, que sea la experiencia de habitarlo.
Aquí abajo, en las profundidades, muy por debajo de nuestros conocimientos y verdades, tú y yo somos tan semejantes y ¿sabes qué? No hace falta hablar. El agua que me cubre es el agua que te cubre. Y es tan evidente que estamos conectados los unos con los otros que somos mar y vida, que somos vida y mar. 
 
Por eso, siempre que he conocido a alguien sabio en su materia, su disciplina, su saber. Resulta que es humano y comprensivo, no busca convencer. Te deja ser quién eres. Te deja incluso discutir sus ideas, debatirlas, y no sólo eso, te escucha, porque en una de esas pudieras tú entregarle la pieza que le falta. Son seres que comprenden que es profundizando que la Verdad se asoma, sin poder jamás abarcarla, pero siendo capaces de sentir su presencia, de conocer sus efectos, de maravillarnos ante su vastedad. Y cada pequeño paso los llena de alegría. Y cada pequeño logro los lleva a dar las gracias. Así que viven con gracia y alegría, y con esa misma gracia te lo comparten todo. No guardan con recelo su saber, sus secretos. Los saben dar, pues saben que ellos también los recibieron. 
 
Por eso fue necesario confundir nuestros lenguajes, para que tarde o temprano nos cansemos de aferrarnos a nuestras pequeñas islas. Para que lleguemos a necesitar a otros porque no nos bastamos para sentirnos vivos. Para que seamos humildes en nuestro pedir y en nuestro esperar. Para que lleguemos a soltar nuestras dudas y dejemos nacer a nuestro ser. Un ser que sabe amar, sin que le expliquen cómo. Un ser que es feliz con solo ser, y espera que algún día tú descubras que ya eres exactamente eso que necesitas ser. 
 
Vivimos en una torre de Babel... desperdigados por el mundo con rostros muy diversos, culturas, hábitos, saberes, disciplinas, inmersos en un mar que nos abarca, nos nutre, nos contiene, y entre todos somos un mismo respirar de vida sumergida en las profundidades del Gran Misterio, la única Verdad.

miércoles, 11 de abril de 2012

Te necesito sola

Te necesito fuerte.
Te necesito entera.
Te necesito sola.
Sola.
Lo sé.
La palabra es un desierto.
Pero no arde más
que el sol de intolerancia
en el que has caminado.
Ni son sus noches tan largas
ni tan obscuras.
Lo prometo.
No tengas miedo.
Sola.
Con los ojos fijos en el viento
y la mirada interna sobre la tierra.
Con la planta de los pies
acariciando las aguas,
y un corazón de fuego.
Te necesito sola.
Como un pétalo sin flor
que sabe quién es
porque alcanza a reconocer
su belleza,
su aroma
y la textura de su esencia.
Aunque nadie lo confirme.
Te necesito sola
y en silencio.
Para que alcances a escucharme,
porque soy muy sutil
y el ruido del deseo
te ahoga, te consume
antes de que pueda
Yo tocarte.
Por eso te necesito sola.
Para que aprendas a vivirme
más allá de esta torre de Babel
en la que habitas
y comprendas que no hay necesidad
de idear mecanismos
para aprender a volar:
ya tienes alas.
Te necesito sola
para animarte a extenderlas
frente al abismo de la Verdad.
Para que te dejes caer en mis brazos
y no puedas escapar de este impulso
que te exige la totalidad de tu alma,
el vacío de tu ser.
Lo siento pequeña.
Yo sé que duele,
pero te necesito sola.

jueves, 5 de abril de 2012

Necesito decirte…

Cuánta necesidad tengo de decirte que te amo. De decirlo. De poder hablar del amor abiertamente. De poder explicarte lo importante que eres. Lo mucho que te necesito. Pero siempre que quiero decirlo, aparece el miedo, y me callo. Es mejor no decir nada, pudieras asustarte y correr hacia el otro lado. Pudieras huir de mi presencia y esconderte donde ya no pueda encontrarte. O peor aún, pudieras levantar tu mano y golpear mi alma con tu indiferencia, con tu desprecio o tu odio. 

Porque cuando yo te digo que te amo, te estoy hablando de Dios. Y lo sabes, en el fondo lo sabes. En el fondo no quieres sentir, ni creer que efectivamente Dios es amor. Lo sé porque me ha pasado lo mismo. Porque he visto y vivido las muchas, muchísimas formas en que el nombre del amor se lastima, se domina, se destruye. He visto como hay gente que “por amor” se ha arrancado los ojos para creer ciegamente, sin razón, sin sentido, y con mucho rencor en el alma. Con más miedo al infierno que deseo de bendición. 

Lo sé porque a mí también me han lastimado ellos, al igual que los otros: los que creen en el amor sin medida, sin límite, con supuesta pasión y entrega, pero vacíos de sí. Los que piensan que el amor es un momento, un instante que se toma y se deja ir, que se vive plenamente para después vaciarnos, pero no en el otro, sino en nuestra propia soledad, en la espera del siguiente momento de amar. Porque para ellos el amor inicia y acaba. No es un fluir, es un caminar que se hace, sobretodo solo, porque solos llegamos al mundo y solos hemos de marcharnos. De modo que siempre llega el momento en que con una sonrisa en el rostro nos despiden: “muchas gracias por haber coincidido conmigo en esta vida, ojalá volvamos a encontrarnos,” y se marchan. Tan solos, como te dejan a ti.
De modo que sin dificultad alguna puedo imaginar todo lo que pasa por tu mente cuando yo te digo que te amo. Crees, sin equivocarte del todo, que lo que digo es una ilusión en la que me he dejado caer para no reconocer que yo también he sido una de esas personas que se arrancan los ojos y que aman sin verdadera pasión, sin disposición a vaciarme en ti y sin permitir que el flujo de amor me bañe completamente y me transforme de tal forma que sea imposible ya despedirme, porque aún cuando no estés conmigo, estás en mí y lo estarás por siempre. De modo que si yo te digo que te amo, tú sonríes, sabiendo que no sé lo que digo, porque ya te he demostrado que yo tampoco he sido capaz de amar. 

Y sin embargo, hoy tengo que decírtelo. Hoy tienes que saberlo: te amo. Y sé que con sólo decirlo no lograré llenar el sentido que tiene, lo que implica saber que Dios es amor y que es eso lo que pido y quiero y busco al decirte que te amo: acercarme a ti y a Dios. 

Hoy quiero decirte que empiezo, apenas empiezo a comprender que ni tú ni yo somos culpables de esta distancia que nos separa. Que no tiene ni caso intentar abstraer el origen, porque todo intento nos lleva a señalar al otro, a responsabilizar al otro, y por otro quiero decir la humanidad entera, que no ha sabido ser madre incondicional de sus hijos. 

Me explico utilizando palabras de Erich Fromm en El arte de amar. Son pocos, muy, muy pocos, los que pueden decir: “me aman por lo que soy, o quizá más exactamente, me aman porque soy. Tal experiencia de ser amado por la madre (por la humanidad –el paréntesis es mío-) es pasiva. No tengo que hacer nada para que me quieran -el amor de la madre es incondicional-. Todo lo que necesito es ser -ser su hijo-. El amor de la madre significa dicha, paz, no hace falta conseguirlo, ni merecerlo. Pero la cualidad incondicional

del amor materno tiene también un aspecto negativo. No sólo es necesario merecerlo (por el simple hecho de ser y existir –otra vez, el paréntesis es mío-), mas también es imposible conseguirlo, producirlo, controlarlo. Si existe, es como una bendición; si no existe, es como si toda la belleza hubiera desaparecido de la vida -y nada puedo hacer para crearla.”

Porque seamos sinceros: no sabemos amar incondicionalmente. No sabemos balancear la necesidad de “educarnos” con la alegría de “aceptarnos” tal cual somos. No, la humanidad no ha sabido ser madre, y tampoco ha sabido acercarnos al amor del Padre (al amor a Dios). Cito, otra vez a Fromm: “El padre es el que enseña al niño, el que le muestra el camino hacia el mundo. […] El amor paterno es condicional. Su principio es «te amo porque llenas mis aspiraciones, porque cumples con tu deber, porque eres como yo». En el amor condicional del padre encontramos, como en el caso del amor incondicional de la madre, un aspecto negativo y uno positivo. El aspecto negativo consiste en el hecho mismo de que el amor paterno debe ganarse, de que puede perderse si uno no hace lo que de uno se espera. A la naturaleza del amor paterno débese el hecho de que la obediencia constituya la principal virtud, la desobediencia el principal pecado, cuyo castigo es la pérdida del amor del padre. El aspecto positivo es igualmente importante. Puesto que el amor de mi padre es condicional, es posible hacer algo por conseguirlo; su amor no está fuera de mi control, como ocurre con el de mi madre.”

Toda madre, todo padre, en su afán de amar, guiar, ayudar, también condicionan en una u otra medida su amor, y su condición puede llegar a sofocar la confianza de saberme amado, pase lo que pase, haga lo haga, sea yo quien sea. Y sin esa paz y seguridad primaria, no hay manera de enfrentar la vida. Igual de lamentable es lo contrario: los padres dan su amor tan a manos llenas, tan sin límites ni restricciones, que crean pequeños egos que explotan al primer pinchazo de realidad, ya sea con la violencia de una bomba o el chillido de un lamento. Tampoco en este caso se enfrenta la vida, si acaso, se combate, se lucha por sobrevivir, se busca aplastar al otro o se huye. El miedo o la comodidad, en cualquier caso es el motor. Por eso nos estancamos en una ideología que nos de un sentido dé seguridad, o nos dejamos arrastrar por lo que sea que la vida nos ofrezca, sin saber a ciencia cierta qué otra cosa podemos hacer más que existir en soledad.  

En fin, que somos hijos de una humanidad desbordada, y un Dios entendido más como concepto y ley. Y no como fluir de humanidades. 

Pero mira: Dios es amor. Y yo te amo. Y tú me amas. Y ese amor que está en mí, está en tí, y está en todos. Y es total, pero también es único, tan único como lo eres tú para mí, como lo soy yo para tí. Y es trascendental, porque no sólo me abarca y te abarca, nos abarca a todos, y es más que todos nosotros juntos. Y tiene la capacidad de dar y recibir, de pedir y ofrecer, de aceptar y exigir. Y sabe amarte incondicionalmente y sabe también condicionarte para que trasciendas, pues es importante que trasciendas y seas como Él: amor que se da y se llena al darse. 

En fin, que hoy necesito decirte que te amo. Te amo tanto como sé que soy amada. Y no, yo no fui uno de esos pocos, poquísimos seres que saben amar porque han sido amados sin condición y con firmeza. Mi convicción viene del amor que encontré, como dice una canción de Alberto Cortez: cuando no tuve ni “un perro con quién hablar” y me vi forzada a mirar hacia adetro y conversar conmigo. Fue ahí, en esa soledad, en ese vacío, que lo conocí. Y con el tiempo me di cuenta de que Él me ama porque siempre que lo necesité, ahí estuvo, sin juicios, con infinita paciencia, guiándome en la medida en que lo he permitido. Y un día también me di cuenta de que si estuvo a mi lado y me salvó, incluso de mí, fue porque también me necesita. Tanto como necesito hoy decirte que te amo.
Y empiezo, apenas empiezo a comprender la diferencia entre mi amor todavía inmaduro que te dice: “te amo porque te necesito”, y el amor que Él me otorgó, el cual afirma: “te necesito porque te amo.”