lunes, 23 de julio de 2012

No tengas miedo

El miedo es un pecado capital. Lo es. Te lo aseguro. No está incluido en la lista de 7, pero es pecado, y es capital como todos los de su especie, no por su magnitud, sino porque de él surgen muchos otros males. Por miedo se peca de pensamiento, de palabra, de obra, y sobre todo, de omisión. 
 
El miedo inmoviliza. Nos dice al oído: no, no hagas nada, no digas nada, no pienses en nada. Susurra: cierra los ojos, ignora todo esto que pasa a tu alrededor, dentro de ti. Nos cuestiona: ¿De qué sirve que intentes hacer algo? ¿Qué caso tiene? ¿No es tu tranquilidad y tu bienestar más importante? ¿Para qué perder la paz? ¿Acaso es tuya la responsabilidad de cambiar el mundo?
 
El miedo es el gran seductor porque no ofrece bienes ni riquezas. Es astuto. Ha logrado disfrazarse del “temor a Dios”, y sabe negociar con algo mucho más preciado y urgente: seguridad. Seguridad aquí en la tierra y garantía de vida eterna. 
 
Por nuestra seguridad y por tener todas las garantías, somos capaces de guardar silencio, de señalar a otros, de sacrificar inocentes, de ser policías de buenas costumbres, de no involucrarnos, de moralizar al grado de percibirlo todo como una amenaza que debe ser escondida… ¡No! Escondida no… ¡Sepultada! El miedo es el gran inhibidor de la vida porque en su afán de sobrevivir es capaz de matar. 
 
El miedo es pecado, por eso Jesús siempre insistió: no tengan miedo
 
¿Pero cómo no tener miedo? Porque claro, es fácil decirlo: no tengan miedo, pero estas palabras fueron pronunciadas por un hombre que fue perseguido, capturado, señalado, torturado y crucificado.
¿En serio no tuviste miedo Jesús? 
 
Y Jesús insiste, ahora de manera directa, personal, de frente y a los ojos: no tengas miedo… ten fe. Que tu fe sea más grande que tu miedo. 
 
Y la fe no es certeza ni garantía ni seguridad. La fe es un pedacito de cielo en una mano vacía, una mano que cierra el puño en señal de que ha decidido asirse de la nada para combatirlo todo.
La fe son átomos que vibran. Es una piedra inerte en constante movimiento y la certeza de que así es, aunque sea imposible comprenderlo, explicarlo, sugerirlo incluso, porque claro, nos dirán que estamos locos. ¿Y quién quiere estar loco en un mundo de cuerdos? Podrían crucificarnos.
No tengas miedo… ten fe
 
¿Te parece, Jesús, si empezamos con algo pequeño? ¿Te parece, Jesús, si confío por hoy en el hecho sencillo de que a pesar de toda expectativa, de todo pronóstico, de todas las razones que hoy tengo para dejar de creer que la vida tiene un sentido más grande que respirar, te parece que hoy crea que soy digna de amor, con todo y mis defectos, mis errores, mis esquivas decisiones mal tomadas por ceguera, por locura, por miedo? ¿Te parece que pueda dar un primer paso con esta imaginación que te busca, porque no tiene nada más a qué aferrarse de lo acostumbrada que está a sentirse sola por ser incapaz de explicarse, de comprenderte? ¿Será, Jesús, suficiente con eso para que mi fe sea más grande que mi miedo? 
 
Y Jesús extiende su mano desde la imaginación de mi teclado. Toma mi mano y coloca en la palma una bolita amarillenta, pequeñita, diminuta. Nunca antes había visto un grano de mostaza. Se acerca a mi oído: Ahora tu mano ya no está vacía. He puesto en ella mi corazón entero. Ahora cierra el puño, y ten fe.











jueves, 12 de julio de 2012

Un Recinto de Música, Historia y Reconciliación

Banca-recinto-juarez El día estaba nublado, perfecto para sentarse en una banca de la Plaza de Armas, frente a la Catedral Saltillense, sin temor a los penetrantes rayos del sol que, pasaditas las 10 de la mañana, suelen invadirlo todo.
La muchacha –es en realidad una señora, pero ella se siente una muchacha y yo le doy por su lado por cariño– trata de leer un libro, pero tiene inquietud en el alma. Necesita un confesor, un amigo, una charla, una reconciliación, un encuentro con la vida que le dé la sensación de compañía, auxilio, perdón. De pronto, escucha música: violines, bajo, flautas, todo un ensamble de instrumentos que dejan escapar por alguna ventana o puerta su escándalo. Ella no soporta escuchar sin acercarse, de modo que se pone de pie y camina hipnotizada, como siguiendo el olor de las notas, absorta.
Llega a la puerta de un viejo edificio conocido como El Recinto de Juárez, a un costado de Catedral, por la calle, precisamente, de Juárez. Un poco temerosa pero decidida, entra. A mano izquierda ve una puerta desde donde se percibe un salón largo y angosto en el que músicos e instrumentos se confunden entre sí de lo apretados que están. Es el ensayo de la Banda de Música del Estado, pero eso aún no lo sabe. En ese momento ella sólo supo que quería quedarse a escuchar, así que entró de lleno a un patio central en el que una escultura de Juárez la saludaba. Vio bancos de jardín invitándola a sentarse, de modo que ella se sentó tan sólo para levantarse como si su cuerpo fuera un resorte: la banca estaba aún mojada por la lluvia matutina que despertó a Saltillo aquel día.
Ya se mojó, escuchó decir a un señor, ya mayor, que se acercaba. ¿Quiere conocer del lugar o quiere escuchar la música?, le preguntó Don Jesús Vázquez Torres, que así se llama, pero eso todavía no lo sabe. Ella le responde que las dos cosas, pero primero la música, que si no se acaba y ya no va a disfrutarla.
Se sentó entonces en un rinconcito seco en medio de dos puertas que dan a la sala de ensayo. Desde aquel rincón del mundo escuchó música por más de una hora y se perdió en sus pensamientos. Fueron momentos de reconciliación consigo misma, con la vida, con su suerte, con su alma y con Dios. Aquella mañana fue un regalo, sin duda. Le hacía tanta falta sentir que salía de su realidad para entrar en un espacio fantasma en el que el tiempo no existe, y si existe, simplemente no se siente.
La música cesó por lo que parecía ser un descanso, pues los músicos soltaron sus instrumentos y salieron unos a comer algo ahí mismo en las bancas, otros a charlar en la puerta o en la calle. Ella aprovechó entonces para visitar a Don Jesús Vázquez, en la Biblioteca que está cruzando el patio central.
Don Jesús le explicó que se le conoce como Recinto de Juárez porque alojó a Don Benito Juárez durante la ocupación Francesa, en 1864. Como en ese entonces Juárez era Presidente, aquella casa pasó a ser Palacio Nacional mientras el mandatario estuvo en ella. Y no llegó solo. Trajo consigo 11 carruajes con los archivos de todos los estados. Del 9 de enero al 2 de abril de aquel 1864, esta casa fue el edificio más importante del país. Y durante ese tiempo, muy bien pudiera ser que el mismo Juárez se haya alejado del mundo y haya logrado tener un momento de quietud en el mismo rinconcito donde nuestra amiga-señora-muchacha platicó con su soledad y descubrió que no está tan sola después de todo.
El edificio es más antiguo que la Catedral, aunque de la construcción original ya no se conservan más que las paredes y el portón, todo lo demás ha sido remodelado. Hoy es el Colegio Coahuilense de Investigaciones Históricas y es también, en un día nublado, un lindo espacio de reencuentro con la música, con la historia de un país, con la propia existencia y con Dios, que es generoso cuando sabe que lo necesitamos y muy creativo cuando quiere acercarnos a su presencia.






lunes, 9 de julio de 2012

Se llamaba Verónica

veronica-toros Nadie lo sabe, pero se llamaba Verónica.
Verónica. El nombre tiene cadencia y ritmo. Ese acento en la o lo hace latir. Es el nombre de una flor, por lo que es pétalo y perfume. Es también un movimiento que hacen los toreros con la capa cuando los ataca el toro. Y dejando de lado el prejuicio contra la fiesta brava, y enfocando tan sólo la mirada en la estética y el erotismo que la lucha entre la vida y la muerte conlleva, es bellísima Verónica: una capa en pleno vuelo que, cual vestido largo, baila su pasión y le dice sí a la vida, mientras enfrenta, con toda su alma y cuerpo, la muerte.
Se llamaba Verónica. Y es triste, porque cuando se habla de ella se dice: En aquel pueblo había una mujer conocida como una pecadora. Y oímos decir pecadora y la imaginamos puta. Y al imaginarla puta la convertimos en un objeto de placer, y al ser objeto es fácil depositar en ella nuestro desprecio. Poco importa que pecadores seamos todos. Cuando a una mujer se le llama pecadora, es puta.
Pero Él, que conoce de corazones y que sabe del placer que enriquece la existencia al reconocer a un ser vivo, nunca la llamó pecadora, nunca la consideró una puta. Fue Él quien la dejó entrar a la casa de un fariseo, amigo suyo, a compartir una mesa.
Pero ella no se sentó a la mesa. Esta mujer pecadora, la puta, lloró al verlo, se inclinó ante sus pies, los mojó con sus lágrimas, los secó después con sus cabellos, y mientras lo hacía, besaba y ponía perfume en las plantas de esos pies que ella adoraba. Esas plantas que jamás se atrevieron a pisarla.
Él la dejó ser, se dejó amar por esa mujer pecadora, esa puta. Y nadie lo dice, pero Él también acarició sus cabellos mientras ella, agachada a sus pies, lloraba. Y Él también le beso con su mirada compasiva, que en más de una ocasión posó sobre sus ojos para decirle: lo sé pequeña, lo sé todo, y te amo igual, y te amo más, y te amaré por siempre. Él también agradeció el perfume y se sintió dignificado al saberse tan amado.
La imagen, el cuadro de una puta besando los pies de un hombre, es una grosería al buen gusto, un insulto para cualquiera que ha abierto su hogar a un maestro. Por eso no debe sorprendernos que el fariseo, el dueño de la casa, al ver la escena, haya pensado lo que cualquier persona de buena educación y altísima moral pensaría: si fuera un profeta sabría qué clase de mujer es esa que le besa los pies. Si fuera un hombre digno no se dignaría a estar siquiera cerca de ella. Si fuera el maestro que dicen que es, conocería a la mujer y lo que vale.
Conocería a la mujer y lo que vale
El caso es que sí conoce a la mujer y lo que vale. La conoce bien. Por eso se dejó besar los pies, adorar con lágrimas y bendecir con perfume, pues sabe que para quien es capaz de amar tanto le es necesario manifestarlo. Sabe que impedirlo y juzgarlo sería atar la libertad del Espíritu. Sabe que el dar de esa mujer no busca entregarse a un ego para que la someta, la lastime y la use. Ella quiere amar. Así de simple. Sólo quiere amar y ser amada.
El fariseo también lo sabe. Reconoce ese amor como algo que añora. En su alma también existe el deseo de ser amado así: con absoluto respeto, con total entrega y devoción. Pero el ego no puede ser amado así. No lo permite. Tendría que darse a sí mismo también. Tendría que amar sin poseer. Tendría que dejarla ser para que siendo pueda amarle. Todo eso lo sabe bien aquel fariseo, pero lo esconde en su corazón porque entonces tendría que reconocer que a ella no la ve con el alma, sino con su moral intachable, que al no tener mancha, ha dejado de ser humana y pretende saber lo que es dios y lo que dios quiere, sin estar siquiera cerca de lo divino, que mucho tiene de humano. Tendría, en fin, que olvidarse de sí y ser humilde en la espera de ser amado, sin que exista más garantía que el intuir que amar primero es la única recompensa real.
Todo esto lo sabe aquel fariseo, lo intuye, pero lo esconde detrás de su rectitud y lo convierte en desprecio. La desprecia a ella por amar, lo desprecia a Él por ser amado, y se enaltece a sí mismo por no compartir ese intercambio mundano de calor humano, de comprensión y amistad.
El Maestro ha alcanzado también a ver en la expresión de su amigo el fariseo, toda esa añoranza y soledad que lo hace despreciarlos, y le ha dicho: ¿Ves a esta mujer? Ella da lo que tiene que son lágrimas, cabellos, besos y perfume. Tú no has podido siquiera darme agua para los pies. ¿Quién crees que pueda vivir más agradecido, quien se sabe amado y perdonado, o quien cree merecerlo sin tener la dicha de vivirlo?
El hombre respondió lo obvio –quien se sabe amado y perdonado– mas las palabras no hicieron eco en su ego, porque el ego no es hueco: está lleno de sí. En el ego no cabe la fe ni la esperanza ni la dicha de amar ni la gracia de ser perdonado. El maestro no insistió y se dirigió a ella: Mujer, tú fe te ha salvado, vete en paz.
Verónica se levantó radiante, dichosa y plena. Logró darse a su Maestro, a su Amo, a su Rey. Se supo amada y se sintió dignificada en su amor. Verónica le siguió siempre desde entonces, y hoy ya nadie se refiere a ella como “una mujer pecadora”.
Casi nadie lo sabe, pero se trata de Verónica, la Santa, modelo de misericordia. Una mujer que movida por la compasión, se acercó al Maestro en su camino al Calvario para enjugar su rostro con un velo, desafiando a una multitud hirviendo en odio y a soldados romanos que se deleitaban en el sufrir ajeno. Una mujer llena de vida que quiso enfrentar la muerte para dar alivio. Aunque sea un instante de alivio.
La tradición nos cuenta que fue a partir de ese momento que la Santa fue llamada Verónica, pues en el velo se dibujó con sangre y sudor el rostro del Maestro. A esa imagen se le conoce como “Vera icon”, o verdadera imagen del Redentor. De ahí, se dice, surgió su nombre: Verónica.
Pero no, la verdadera imagen de Redención no es un retrato, es una escena: una mujer arrodillada ante su maestro que besa los pies que jamás la pisaron; un maestro que comprende la pureza del amor que se le entrega y no lo convierte en un triunfo ni en oportunidad ni en exaltación de su persona; una mujer que desafía a la muerte y con firmeza ofrece un instante de alivio; un hombre que desafía la vida y con firmeza ofrece una eternidad de perdón.
Lo dicho, se llamaba Verónica.















jueves, 28 de junio de 2012

Que la Voluntad sea contigo

Querida Amida, Algunos años atrás cuando era un joven estudiante de psicología, tuve el privilegio de estar en un seminario con el reconocido psicólogo polaco, Casmir Dabrowski. Acababa de dar una conferencia en lo que él llamó “desintegración positiva”. Su teoría es que para crecer, primero debemos desintegrarnos (en inglés: falling apart, es decir, caer y rompernos, separarnos, hacernos pedazos). Él creía que al final, son nuestras inferioridades las que construyen nuestra alma. Por lo tanto, un importante ejercicio en la vida espiritual es aprender a escuchar a nuestras inferioridades.
Ron Rolheiser, OMI (Inferiority builds the soul)
Las palabras que sirven de introducción a la meditación del Padre Rolheiser se asomaron en aquel correo como una diminuta lucecita de esperanza. Quizá haya salvación después de todo. Y no se crea, por favor, que hablo de la vida eterna. La necesidad urgente no está en el más allá, sino en este mundo, en esta vida, en este cuerpo, en esta realidad. Aquí y ahora. 
 
Según explica Rolheiser, no son nuestras fortalezas las que nos dan profundidad y carácter, sino nuestras debilidades. Sí, ahí, justo ahí donde la obscuridad parece total, la luz de la esperanza y el perdón –el recibido y el dado– tienen mayor sentido. 
 
¿Qué nos hace personas profundas? ¿Qué nos ha enseñado compasión? ¿Nuestros logros?, pregunta Rolheiser. Y puede darse el caso de que exista alguien que tranquilamente responda sí. Esa persona dirá: sí, son mis logros, mis cualidades, mis grandezas, mis habilidades, mis fortalezas las que me han enseñado lo que es la compasión, las que me han llevado a la profundidad del alma, las que me han abierto la puerta a la necesidad de amor y aceptación por sobre todo, y más aún, las que me han llevado a la voluntad de amar y aceptar a mi vez por sobre todo. Sin embargo, hay demasiados “mis” en semejante afirmación. Demasiados. 
 
Porque en la obscuridad del alma, en las sombras del corazón, los “mis” son escasos, si no es que nulos. Nada parece ser tuyo. Todo se te escapa de las manos. La vida misma se siente más como un traje impuesto, que ni te abarca ni acabas de llenar por mucho que te esfuerces en lucirlo. 
 
En la obscuridad de la noche, insisto, los “mis” no existen porque en realidad no quieres aquello que se te presenta como tuyo. No quieres tus defectos, no quieres tus debilidades, no quieres amar a quienes te han herido ni quieres perdonar ni aceptar que has participado en aquel desastre que es tu vida. No quieres ser responsable ni quieres, por increíble que parezca, la libertad que se te ofrece para cambiarlo todo. Y no lo quieres porque simplemente parece imposible cambiarlo todo. Es un sin sentido total que te come las entrañas, y sin esa fuerza vital la voluntad corre el riesgo de morir aniquilada en un suspiro de añoranza. Y cualquier día, cualquiera, la vida acaba a fuerza de no querer vivirla.
 
No voy a decirte que vivir esa obscuridad te impulsa necesariamente a la profundidad del alma y al desarrollo de nuestro carácter. No. Por sí solo no sucede. Son muchas las personas que se instalan en esa obscuridad y aprenden a vivir con ella, en ella, a partir de ella y a través de ella. Y puede que digan que la vida es amor y que viven agradecidos con Dios, pero odian incluso levantarse en las mañanas, y son incapaces de dar gracias a quien les sirve el café y van más lejos aún y se molestan si quien se los ha servido olvida que lo toman negro, sin azúcar ni leche: como debe tomarse el café. La vida la viven como un deber, no como el gozo y el regalo que es. 
 
Hay también quienes viven sus caídas de desintegración (falling apart) como un auxilio y una súplica, y han, por ello, experimentado el amor de Dios. Saben que son hijos amados y saben que hay perdón para ellos. Mas, y esto es lo triste, siguen la luz sin verdadero sentido, porque no han hecho suyo el conocer que los guía. Les basta repetir y repetir y repetir. Son felices, sin duda lo son, pero no pueden comprender el amor que existe oculto en las trémulas sombras que les rodean a partir de la luz. Y sienten amenaza por todo cuando no alcanzan a ver. No hay fe absoluta, vaya. La luz aún no está en el ser. 
 
Y luego están los menos, los que no sólo siguen la luz, sino quieren ser luz. Son ellos para los que caer en la desintegración implica vivir a fondo sus caídas y encontrar en el misterio de la imperfección lo que tiene de divino. Saben que Dios está en todo, es todo y lo domina todo, incluso su mal. De modo que lo ven y viven de frente, de lleno, con mucho miedo de por medio, pero con la total convicción de que el amor, que es finalmente lo que los impulsa a enfrentar la verdad de su defecto, sabrá ayudarlos a transformar esa obscuridad en luz. 
 
En todo el proceso el elemento clave es uno: la voluntad, que se expresa en humilde solicitud, constante empeño, agresivo esfuerzo y dócil obediencia. Voluntad que es imposible explicar, pero que bien hacemos en pedir, en fomentar, en usar y en seguir. 
 
De modo que sólo me queda desearte que la Voluntad sea contigo y conmigo, para que la Paz de su transformación llegue a convertirnos en Luz. De todo corazón te lo deseo. De todo corazón lo solicito. Que así sea, Dios mío. Por favor, que así sea.








domingo, 17 de junio de 2012

Enamórate de Mí

Era la hora sexta, que es decir mediodía. El sol estaba en su más alto esplendor y su cuerpo, empapado de cansancio y de sed, se reusó a dar otro paso. Despidió a los suyos con la sonrisa de siempre y un: aquí los espero. Se sentó entonces a la orilla de un pozo con la expresión de quién ha tomado la determinación total de no escuchar razones. De modo que los suyos ni siquiera hicieron el esfuerzo por convencerlo de seguir y continuaron sin Él su camino hacia la ciudad en busca de comida. 

Al poco rato, muy poco rato, llegó ella. Cansada también. Arrastrando su cuerpo empapado y sediento a su vez. Llevaba un cántaro para sacar agua del pozo, y nada más. Nadie le acompañaba y nadie le ayudaría a cargar su cántaro una vez lleno. Llegó sola. Ella y su cántaro. Un vacío y una mujer. 

¿Qué hacía una mujer con un cántaro a mediodía junto al pozo? Eso nadie se lo explica. Ninguna mujer de Samaria iría al pozo a una hora tan poco prudente. En un desierto los pozos se visitan temprano o ya tarde, para que el sol no acabe con los ánimos, para que el aire sea ligero y para que otros te acompañen. El extraño comportamiento de aquella mujer puede empujarnos a simplemente considerarla insensata. Pero la realidad es que la sensatez de esta mujer no respondió nunca a la lógica de su tiempo ni de quienes la rodeaban. Ella era una mujer que buscaba lo que necesitaba cuando lo necesitaba. Y al momento de tomar el cántaro para salir a buscar agua, ella necesitaba huir y olvidar que las horas queman más que el sol cuando nos caen encima sin sentido. 

Dio los primero pasos y las lágrimas empezaron a confundirse con el sudor. Era mejor así: caminar con el dolor que quedarse quieta en un rincón a que el dolor la inmovilice, y luego lo peor: tratar de dar explicaciones que no tenía, y escuchar a familiares y amigos decirle lo absurdo de su sentir y darle la receta del “echarle ganas” que tantas otras veces se había tenido que tragar a fuerza de que la dejen en paz. Por eso se armó de su cántaro y se fue a buscar agua, y quizá respuestas, al pozo de sus antepasados. 

Fue un hermoso coincidir: ella salió a buscar agua y Él se sentó a lado de un pozo, en espera de que alguien le de agua. Un encuentro hecho en el cielo. 

Al verla llegar Él le sonrió y la miró directamente a los ojos: Dame de beber. Ella sintió esa mirada tan familiar y escuchó esas palabras tan directas, que no pudo más que sorprenderse. Ningún judío le hablaría así a una samaritana. Vaya, ningún hombre le hablaría así a una mujer. Y ella era ambas: samaritana y mujer. 

Mas no se crea que ella se dejó intimidar por aquella familiaridad poco común. Con la misma mirada y el mismo tono le increpó: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?
 
Ah, respondió Él, porque yo soy como tú y actúo según lo necesito, y ahora necesito agua y tú traes un cántaro, y ambos estamos junto a un pozo. Así que tú me das agua, y mientras bebo charlamos, y me cuentas quién eres, por qué estás tan triste, que dolor te acompaña, y yo te escucho mientras bebo, y al hacerlo, te sirvo yo de agua viva para que bebas también y puedas por fin secar la sed de tus lágrimas

¿Charlamos para que tú me sirvas de agua viva?, preguntó ella. ¿Cómo es eso? ¿De dónde sacarás agua viva si ni un cántaro traes contigo? ¿Y cómo puede el agua estar “viva”? Mira, mejor toma ya un poco de agua que el sol y la sed están alterando tu cabeza. Lo dijo con una carcajada, le dio agua y se sentó a su lado, divertida. 

Ya con la sonrisa dibujada en el rostro de ambos, con la familiaridad establecida y con el buen humor de haber compartido un cántaro para beber, los ánimos se relajaron. En ese ambiente Él soltó las preguntas: ¿Quién eres mujer? ¿Cómo te llamas?
 
Soy Eraside, samaritana, mujer, hija del pueblo de Jacob, quien nos diera este pozo. ¿Y tú? (Oh sí, le hablaba de tú, no hubo nunca un Señor ni un usted entre ellos.) ¿Quién eres tú?
 
¿Yo? Yo soy el Agua Viva del que aún no te animas a beber. Pero cuéntame más, ¿por qué estás triste?
 
Ella no dijo nada, porque no podía decir nada. La realidad es que no sabía. Y sin decir una sola palabra abrazó su cántaro, medio vacío, medio lleno, y empezó a llorar.

Él lo comprendió todo de inmediato. Y la dejó llorar. Tomó el cántaro, lo puso a un lado en el suelo, y la dejó llorar. Colocó su rostro sobre su pecho, y la dejó llorar. La abrazó, y la dejó llorar. 

Después, casi en un susurro, le preguntó sobre su marido. Y ella, lloró todavía más. No tengo marido, le dijo. Estoy sola

Haces bien en decir que no tienes marido. Ni el que ahora está a tu lado ni los otros, ¿cuatro?, ¿cinco?... cinco antes que él fueron tus maridos. Siempre has estado sola. Sola te encuentran y sola te dejan. Y es bueno que sepas reconocer la verdad. Y sería mejor si aprendieras por fin también a aceptarla. Estás sola. Pero mira, mírame bien, aquí, directo a los ojos, Yo Soy Agua Viva, y puedo saciar la sed de amor que hay en tu alma. Tú eres una mujer enamorada del amor, y Yo Soy Amor. Un amor que no te hará daño, un amor que te dirá quién eres y que le dará sentido a tu vida y a tu ser.

Ella se liberó de golpe de sus brazos. Demasiadas veces había escuchado palabras de amor, y demasiadas veces había cometido el error de creerlas. Su ánimo ya no estaba para eso. Empezó a buscar su cántaro en el suelo, se aferro a aquel vacío, y se dispuso a tomar su camino de regreso. Pero sucedió algo, algo increíble, algo fantástico. 

Él empezó a hablar, pero no de amor. Le habló de su vida. Le habló con la Verdad. Le dijo todo lo que su vida había sido hasta entonces. Le explicó de dónde surgían sus temores, qué eventos desencadenaron su pesar, cuáles liberaron su mente, y cuáles sujetaron su alma. Le puso nombre a todos y cada uno de sus sentimientos. Le dio razones de porqué habían sucedido tales o cuales hechos en su vida. Le dio santo y seña para reconocer dónde estaban sus errores. Vaya, le mostró un mapa de su ser, en el que se vislumbraba con toda claridad el origen de su caminar y el destino de sus pasos.
Conforme él hablaba ella soltaba el cántaro, hasta que por fin, al decir Él la última palabra, cayó al suelo y se hizo mil pedazos. El vacío había desaparecido y en su lugar ella se descubrió sosteniendo su corazón en el pecho. Lo descubrió vivo, tan fuerte latía. Lo descubrió lleno, tan grande era.

Veo que eres un profeta. Dime, dime ahora, suplicó la mujer, ¿dónde debo adorar a quien ha llenado mi alma? ¿En este monte, en Jerusalén?
 
Adórale en Espíritu y en Verdad, adórale justo donde tienes tus manos, y extiende ese amor por todo tu ser hasta que te sea imposible amarlo todo.
 
¿En Espíritu y en Verdad? ¿Cómo es eso? ¿Acaso no debemos esperar a que nuestro salvador llegue a develarnos… ?, no pudo seguir… lo comprendió justo entonces: Llegue a develarnos, repitió quedo, muy bajito, para confirmar su entender, para asimilar la verdad recién descubierta: develarnos.
Él le sonrió. Te lo dije. Yo Soy Agua Viva, Soy Amor, y Soy quién puede darle sentido a tu vida y a tu ser. Así que ya no dudes más mujer, y enamórate de Mí, que yo sabré amarte y sabré respetar tu existencia. Y en ese amar y respetar enalteceré el nombre de mi Padre, y tú serás mi hermana, mi novia, mi vida. Enamórate de Mí Eraside. De Mí.






















domingo, 10 de junio de 2012

Caer en el amor

La teacher simuló tropezar y caer. Explicaba la palabra fall, caer. Todos rieron y comprendieron de inmediato. La teacher se disponía a pasar al siguiente ejercicio cuando se levantó una mano titubeante. ¿Y por qué se dice fall in love (caer en el amor = enamorarse)? Ah… well, because love is…-suspiró- an accident.
Es verdad, enamorarse es un accidente. Un afortunado y hermoso accidente. Incluso cuando se trata de un amor condenado al fracaso y a la tragedia, el hecho mismo de caer, te llena la cabeza de tantas estrellitas dando vueltas que la tristeza sabe dulce y el dolor tiene alas. Muchos creen que esa ligereza del ánimo, esa alegría en el corazón, es un simple corto circuito en el sistema endócrino que pone a todas tus hormonas a funcionar sin control ni restricciones. Pero no importa qué tanto llegues a comprender lo que sucede al momento de caer, si eres tú el que está en el suelo, ningún afán de entenderlo te librará de sentirlo. Y serás feliz, completamente feliz, porque crees que amas a alguien.
Sí, me has leído bien, he escrito “crees que amas a alguien.” Y esa fe incontrolable puede ser un impulso importante para dar el siguiente paso: levantarte. Porque muchos creen que el amor empieza en esa primera mirada, palabra, roce que te hace caer. Pero no, el amor inicia cuando incluso entre tanta confusión y atolondramiento, logras impulsarte hacia arriba, te sobas la cabeza, tomas aire para oxigenar la sangre y colocas ambos pies sobre la tierra.
Si enamorarse es caer, amar es levantarse.
Ahora, levantarse se dice fácil. Pero decir y hacer son cosas distintas. Recuerda que hay una revolución hormonal en el sistema capaz incluso de hacerte ver lo que quieres ver con tal de seguir en la dicha del creer ciegamente que aquel alboroto es amor, amor, amor del bueno. Pero no, no es amor porque simplemente no te has sacudido los ánimos para impulsarte por encima de todo, incluso de ti, y ahora sí, amar.
Hace falta además advertirte que amar tiene tantos matices que desear reducirlo a que amar es sufrir y querer es gozar, es un insulto a la inteligencia y humanidad de todos –aun cuando no todos se den por insultados y prefieran dejarlo así para no pensarle ni comprometerse más a fondo. Mejor dejarlo todo cómodamente dividido en dos: el que ama no puede pensar, todo lo da, todo; a diferencia del querer que es la carne y la flor, el obscuro rincón, un deseo fugaz.
Pero no, amar es levantarse, que es decir crecer. Es transformarte.
Amar, por ejemplo, puede empezar con una despedida. Y es que siempre –sí, he dicho siempre- el ser amado buscará ante todo un/una amigo/a que haga un poco, o un mucho, porque alcance lo que anhela. Y eso nos coloca inevitablemente ante el hecho de que en ese descubrirse, crecer y superarse, se dé cuenta de que no somos lo que anhela, y se marche más allá de donde le podremos acompañar. Hay mucho dolor en esta entrega, así que muy bien podríamos preferir amarnos más a nosotros, y convertirnos en un extraño que alguna vez amo a otro extraño. Y se vale. Para amar hay que amarnos a nosotros primero. Y mostrarnos compasión ante un dolor tan grande nos prepara para futuros encuentros, en los que quizá necesitemos un/una amigo/a, y nos pidan entonces a nosotros comprensión: no me pidas ser tu amigo/a, nos dirán, y le dejaremos ir por amor.
Amar también podría convertirse en un “ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta.” Pero la realidad es que seguirá teniendo esa misma mirada, y dirá la palabra precisa y su rostro seguirá iluminándose con su hermosa sonrisa. “Ojalá por lo menos que me lleve la muerte…” Y afortunadamente para todos, no te vas a morir. Y la luna seguirá saliendo por las noches, y aunque el deseo no se vaya tras del ser amado a “su viejo gobierno de difuntos y flores”, la entrega te habrá transformado, y ahora sabes algo que antes no sabías: eres capaz de amar. Nunca volverás a ser la misma persona. Al levantarte has crecido. Y al crecer aprenderás a perdonar.
Amar también puede ser un sin sentido en el que el amor se esconda y hulla de nuestro encuentro. Será imposible comprenderlo, pues por saber de su vida no vulneramos ningún mandamiento, y finalmente tú sólo quieres saber cómo está. Pero mira, no hay mal que no cure. Además, debes cuidar que el final de una historia que termina en fracaso no te sirva de ejemplo. Hay quien afirma que el amor es un milagro. Y los milagros sí existen. Ten fe. Amar también es creer por sobre todas las cosas.
Hay también amores que rompen nuestros esquemas. Son pocos los que se atreven a amar así porque a casi nadie le gusta romper esquemas. Amar es sufrir, querer es gozar, suena a sabiduría de primera cuando no hemos roto esquemas. Cuando no sabemos si volverá pero le esperamos confiados en que sí volverá. Confiados y temerosos, porque sabemos que ese ser amado no es nuestro, nunca lo ha sido y nunca lo será. Le pertenece a la vida y es un regalo de Dios que no podemos abrir a fuerza de voluntad ni hay manera de convencer. Tiene que darse. Y sólo se da. Es un breve espacio que puede repetirse para siempre o puede acabar hoy mismo. Ante esta clase de amor somos humildes y estamos dispuestos a compartirle con la vida, a quien le agradecemos haya llenado nuestro ser con un amor que no es perfecto, pero se acerca a nuestro soñar.










lunes, 4 de junio de 2012

Quiero ser



A veces sucede que una pieza musical se me clava en el alma y se convierte en oración. “Quiero ser”, de Amaia Montero (un regalo de mi hermana) forma parte de ellas. Y la quise compartir. Y aunque sé que es de mal gusto explicar un poema, he tenido que hacerlo. Porque vivimos en Babel, y quiero acercarme, traducir mi sentir. Quizá pueda ser oración para ambos, para todos.

Quiero ser, una palabra…
             de ser posible permite que sea amor,
             un amor sereno y claro que pueda amar sin lamentos,
             que sepa dar sin pedir,
             que sepa ser sin estar.

Quiero ser, un alma libre…
             dispuesta a elegir sin perder mis deseos,
             sin sentir que la noche
             lo llena todo de miedo,
             y llegar por fin de madrugada
             a la esperanza de Tu amor.

Quiero ser una emigrante…
             y no una excluida.
             Aceptar que no siempre habrá un lugar para mí,
             por mucho que lo necesite, por vital que sea.
             Y aún así ser capaz de llevar Tu nombre
             en mis labios, pues son tuyos,
             y no pueden más que pronunciarte.
             Y lo hacen, aunque duela,
             aunque tenga que ser un susurro...
             no pueden más que pronunciarte.

Quiero creer, quiero saber,
que dormiré a la verita tuya…
              llena de sueños que Te contienen
              y de vidas que te respiran.

Quiero esconderme del miedo y mirar de una vez
los ojos que tiene la luna…
              esos ojos llenos de Ti.
              Esos ojos.

Quiero cantar a la libertad…
              de Tu Espíritu en mi alma.

Y caminar cerca del mar
              -poema en Tu honor.
…amarradita siempre a tu cintura
              -porque te llevo en mi entraña.

Que esta locura de amarte no puede acabar
por mucho que…
               Me entren las dudas.
               Porque dudo, claro que dudo.
               Y aunque sé que el conflicto es mío y sólo mío,
               y que todo depende de mí,
               es locura, la locura de amarte,
               que no puede acabar por mucho que me entren las dudas
… de si eres Tú el que me hace tan feliz.

Quiero ser, la que te jure amor eterno.

Quiero ser, una parada en la estación
que lleva tu nombre.

Quiero ser el verbo puedo…
             un verbo Señor, un verbo.

Quiero andarme sin rodeos,
confesarte que una tarde empecé a morir por ti…
             aunque claro, eso Tú ya lo sabes.

Quiero ser…