domingo, 23 de octubre de 2011

Aunque ya no tenga 20

Está en crisis. No de nervios ni de angustia. Es peor: crisis de los cuarenta.
Ella creía que aquello sólo podía sucederle a un hombre. Pero no. A las mujeres, por lo visto, también les pasa.
Ella culpa a Francisco, y al destino. Fue él, el destino, quien sentó a Francisco justo delante de ella en el taller de narrativa al que se le ocurrió ir. Lo que ella no alcanza a ver es que llegó a esa sala universitaria en plena crisis. El muchacho y sus 20 años, son inocentes. En cuanto al destino: tiene un extraño sentido del humor.
Francisco empezó a leer su cuento. Un cuento que no se logró del todo. Un cuento con hilos sueltos. Sin muchos puntos y demasiadas comas. Ella ha expresado que le gustan los puntos y evita, o eso dice, en la medida de lo posible, las comas. Pero todos podemos ver que miente. Todos menos ella, que es coma, tras coma, tras coma.
Francisco lee su cuento despreocupado. Ella escucha. Escucha a medias, porque se resiste a creer lo que oye y lo que lee en esa copia del cuento que tiene en las manos. Francisco tiene madera de escritor. Sí. Algún día, este chamaco podría llegar a ser un escritor.
Generosa, se lo dice. Hay tristeza en su voz. Sabe que su mal ya no tiene remedio. Que no importa cuántos versos, cuántas palabras, cuántos puntos llegue a colocar en una hoja. La esperanza para ella murió. Tantas ideas han asfixiado su capacidad de describir. Ella quiere explicarlo todo y no logra decir nada. Nada sustancial, nada neto. Ella es un manojo de opiniones. Ha dejado de narrar porque hace tiempo que ha dejado de vivir. Pobre.
La vemos partir ese día. Pensamos: seguro mañana ya no viene. Seguro.
Para nuestra sorpresa, llega. Viste un pantalón de mezclilla y una playera polo. El uniforme de secretaria que usa para el trabajo ha desaparecido. Llega tarde. Pero llega.
Durante esa última sesión sonrió más y expresó menos. Bueno, menos, menos, no. Pero menos que antes, sí. Todavía trae encima sus muchos años de pensar y pensar en la vida. En una vida que no ha vivido y de la que, ingenuamente, quiere escribir.
Yo no soporto la curiosidad. En los 10 minutos para estirar las piernas y tomar un poco de refresco, me acercó a la mesa donde ella trata de decidir cuáles y cuántas galletas tomar. Me aproximo con las palabras obligadas: Hola, ¿cómo estás?
A ella le bastó esa pequeñísima interacción para descoserse del todo. Tal es su necesidad. 
¿Cómo estoy? Pues el día ha sido de lo más complicado. Dificultad tras dificultad. Pero, ¿sabes qué? Estoy contenta. ¿Te digo algo? Ayer salí de aquí, me subí al auto de mi marido,  y antes de que llegáramos a casa exploté en llanto. El pobre sólo me abrazaba. Creo que lo asusté. Quedé deforme de tanto llorar. Me tuve que poner hielo en los ojos para que se me desinflamaran, y aún así en la mañana parecía sapo.
¿Y eso?
Casi nada: Ayer me di cuenta de que nunca voy a ser escritora. Y me dolió hasta el alma. Pero, ¿sabes qué? Me liberé. ¡Al diablo! Ya no quiero ser escritora. De ahora en adelante voy a ser “descriptora”, y voy a describir todo lo que viva, y voy a vivir todo lo que pueda. Aunque ya no tenga 20 años. Aunque me vea ridícula.

domingo, 2 de octubre de 2011

Permanecer

Dios es amor, y quien permanece en el amor
permanece en Dios y Dios en él.
(1 Jn 4, 16)

Mi Dios, mi Querido Amor, mi Adorado Espíritu, mi Refugio, mi Sueño, mi Descanso, no permitas que huya. No permitas que el miedo se apodere de mí. No me dejes salir corriendo sólo porque no tengo ni la más mínima idea de qué se hace con esto que llevo como una hoguera en el pecho. El calor con que me invade me reclama atención, pero también lo siento quemar mis ansias. 

La atención que me pide, que me exige, no es para mí ni para lo que quiero, lo que siempre he dicho que quiero. La atención que me pide, que me exige, está fuera de mí. ¡Y qué angustia! Implica una entrega que no quiero dar, porque sé bien que no habrá recompensa.  Y sí, Dios mío, siempre he buscado recompensa. Ahora lo sé. Con total certeza. Y hoy te confieso que si bien te he dicho muchas, muchas, muchas otras veces que yo sólo quiero amar. Hoy te digo que no, que no es cierto. Yo no lo sabía, no tenía idea de lo que pedía. Yo siempre pensé que sería hermoso, ¡y lo es! Mira que no pretendo minimizar la belleza con que me has abierto los ojos y me has mostrado Tu Voz. 

Pero quiero salir corriendo. Permanecer en el amor se siente casi imposible… 

Sí, he dicho casi, y claro, lo has notado. … No, no, no me mires así, no sonrías así. Que cuando sonríes así sé muy bien que me vas a pedir que haga algo que no quiero hacer, y que al final… voy a hacer. Esa sonrisa de complicidad es irresistible y tiene mucho que ver con ese “casi” que recién mencioné. 

Ya no seas así, Dios mío. No me abras puertas que después vas a cerrarme. Ni me obligues a buscar salidas por ventanas, y a brincar bardas, y a subir escaleras sólo para encontrar torres vacías y tener que bajarlas de nuevo con el ánimo cansado y el alma abandonada a la soledad de mi imaginación. 

Pónmela fácil esta vez. Permíteme tocar y que se me abra y que se me deje entrar, y que incluso se me ofrezca un vaso de agua para que la garganta se me refresque un poco. Mira que hace tiempo que hablar se ha convertido para mí en un… en un tabú personal. 

¿Qué es eso? Pues eso… una prohibición no dicha pero impuesta por una sociedad que simplemente no está dispuesta a tolerar lo que teme. Y yo tengo miedo. Amar me da miedo. Hablar me da miedo. Y hablar por amor… tabú. Mi ser entero se levanta en un grito y no quiere, ¡no quiere! Cada célula de mi alma, y cada respiro de mi cuerpo es un ¡no! 

No, no quiero hablar. No quiero. Y claro que recuerdo la manera tan segura con que alguna vez me planté frente a quién sabe cuánta gente a decir lo que pienso y siento. Pero no quiero volver a hacerlo nunca. Nunca Dios mío. Ni frente a mucha gente ni frente a una. 

No, por favor no me seques las lágrimas. No me envuelvas en un abrazo y me digas que todo va a estar bien. Porque quizá tengas razón. Quizá no sea más que un vaso de agua. Y sin duda lo es. Claro, tienes razón. Pero… tengo miedo.
Está bien. Pero tendrás que enseñarme a hacer eso que Tú sabes hacer muy bien: permanecer. Enséñame a hacer eso. Enséñame a mantenerme con la mirada fija en el objetivo único de seguir Tu Voz. De amar. Yo no sé amar, Dios mío. Hoy me he dado cuenta de eso. No sé amar. Tendrás que enseñarme a hacer eso: amar. Y a permanecer en el amor… a permanecer. Permanecer en el amor. Enséñame, enséñame a hacer eso.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Educar a una niña

Siempre dije que si se me concedía tener hijos, yo tendría dos, y ambos serían niños. Me veía sin problema alguno poniéndoles tenis y shorts, sacándolos a andar en bici y patines, dejando que jueguen con sus carritos en el piso, jugando a los guerreros, y pateando una pelota de fútbol. Sí, yo quería niños. 

Pero Dios es mucho más sabio que yo, y me dio una niña. ¡Y qué niña! Todo eso que describí, lo hago, y hago más todavía. Porque además de los carritos, también quiere ser mamá y “teacher”, quiere ser Princesa del Mar y quiere lavar los trastes con tantas ganas como tener su oficina y su computadora y sus libros y sus apuntes y trabajos. 

Es una niña a la que además nadie le cuenta cuentos. Abby, le dice su tía la doctora, no tomes a tu bebé (muñeca) de esa forma porque le vas a luxar el brazo. Ay, tía, contesta ella, a los juguetes no se les luxan los brazos. Tres años, a punto de cumplir cuatro, y a ella nadie le cuenta cuentos, a menos que los quiera escuchar. 

Mamá, verdad que los accidentes no existen. La afirmación me tomó por sorpresa. Bueno, a veces los accidentes pasan, pero se pueden evitar con cuidado, intento, ingenuamente, explicarle. Ella se enoja. ¡No! ¡Los accidentes no existen! Como en Kung Fu Panda. 

Claro, tiene toda la razón. No existen. Y me hace feliz que lo piense. Que crea que son las coincidencias las que poco a poco la llevarán por donde tiene que ir. Me encanta que desde ahora empiece a verse en el mundo y a reconocer quién es, qué quiere. ¿Y quién eres tú en Kung Fu Panda?, le pregunto. Yo soy Maestra Tigresa, y esboza una enorme sonrisa de satisfacción.  

Por eso, cuando en el auto le preguntamos que si quería que su fiesta de cumpleaños fuera de Kung Fu Panda, y ella nos respondió, que no, porque Kung Fu Panda es para niños, sentí ganas de detener el mundo ahí mismo y bajarme con ella para alejarla de todo y de todos. ¡¿Quién te dijo que Kung Fu Panda es para niños?! 

La siguiente señal de alarma la recibí ayer cuando se acercó a preguntarme que si me podía ayudar a lavar el baño. Claro, le dije. Ella trajo su pequeña escoba y me ayudó a tallar el piso de la regadera mientras yo hacía lo propio con las paredes. Nosotras limpiamos porque somos niñas, me dijo. Y otra vez quise detener al mundo y decirle que deje a mi hija en paz. Que no le meta ideas idiotas en la cabeza. Abby, lavar el baño lo hacemos porque es necesario, no porque sea trabajo de niñas. Papá también barre y limpia, lava trastes y ayuda en la casa

Traté de no mostrarme enojada, pero lo estaba. Sé que no puedo protegerla de todo pero quisiera poder protegerla al menos de eso: de la idea de que la mujer no puede esto o aquello, y de que el mundo se divide en lo que un hombre y una mujer puede y debe ser y hacer. Y no es que sea feminista, es que son humanista. Creo en el ser humano, y en ese sentido me considero tan humana como cualquier hombre. 

Y creo más, creo que este empeño en dividirnos nos ha hecho un daño enorme. Creo, por ejemplo, que habría menos hombres irresponsables ante los hijos si dejáramos que también ellos sigan su instinto paternal de niños y jugaran con una muñeca con la misma naturalidad con que he visto a mi hija tomar un carrito. Y sin duda habría más mujeres manejando un auto sin ser una amenaza si las dejáramos jugar con los carritos. 

Los niños ensayan lo que es vivir y hacer a través del juego. Aprenden a vivirse humanos a través de las historias que les contamos y las que dejamos que nos cuenten. Aprenden a reconocer sus diferencias a partir de aquello en lo que se parecen a los demás. Pero cuando marcamos sus diferencias antes de darles la oportunidad de experimentarse como iguales, ya hemos fracasado en crear un mundo más justo y en educar a hombres y mujeres más humanos y dispuestos a respetarse y ayudarse entre sí. 

A veces quiero detener el mundo y bajarme con mi hija en los brazos. Pero sé bien  que de hacerlo tampoco la protegería mucho. El mundo tarde o temprano nos alcanza y ella tendrá que aprender a ser ella sin mí. Así que mejor me siento a ver Kung Fu Panda con ella, y le preguntó cuál de las Princesas del Mar es. Soy la azul, Tiburina, me dice. Y sonrió. Siempre trato de sonreír cuando se define a sí misma, aún cuando los tiburones no son de mi total agrado. Porque eso es lo único que espero lograr: que mi hija se defina a sí misma.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Como lo hace una mariposa

Agotada. Así se encuentra. Y mientras más duerme, más quiere dormir. No tiene fuerza para nada. La casa vacía se siente como una tumba en la que quiere descansar en paz. Su pequeño paraíso perdido y alejado de todo y de todos. 

El estómago vacío reclama su existencia, y por fin la obliga a levantarse. Se sirve un vaso de leche y le agrega dos cucharadas de chocolate. Saca la pequeña pastillita que suple las funciones de su tiroides todos los días, y se la lleva a boca. El chocolate desaparece de golpe. Se sirve un poco de cereal y vacía lo que resta de leche en el tazón.  

Entre cucharadas, hojea una revista que la aburre, pero no tiene ganas de ir a buscar nada más que leer. Hoy no tiene ganas de nada. Al pensarlo, al darse cuenta de que ha dicho “nada” demasiadas veces, se paraliza. Cierra los ojos y empieza a revisar en su interior. Se ve a sí misma recorriendo un enorme castillo. Enorme y vacío. Va de un lado a otro abriendo puertas, asomándose a cuartos, caminando por pasillos, y no encuentra nada. Por un momento la angustia se instala en su pecho. “No hay nada dentro de mí. No tengo nada que pensar, nada que decir. No quiero siquiera intentarlo.” Tiene miedo. La última vez que se vio en esa situación de vacío, el diagnóstico fue depresión. La sola palabra, la sola idea de que pudiera estar deprimida la lleno de tristeza… y, le avergüenza decirlo, pero si ha de ser sincera consigo misma debe decirlo, con la tristeza también sintió tranquilidad. 

Reconocerlo fue lo mismo que entrar en un salón, el salón de su corazón, y ver justo en el centro una enorme y hermosa bandeja plateada de agua, en la que podía perfectamente lavarse las manos para así dejarse llevar por esta idea de vacío, por esta depresión que la invita a abandonarlo todo y a instalarse en la comodidad de la excusa. Estoy deprimida. No tiene caso intentarlo. Lo que deseo nunca me será dado. Lo que quiero es imposible. Mi vida no tiene sentido.

Conforme se aproximaba a la bandeja y veía el agua transparente la tranquilidad creció y creció. Qué tentación tan hermosa, pensó. Puedo esconderme detrás de la depresión. Es una amiga conocida. Sé cómo se comporta, sé cómo se vive. Sí, puedo hacer eso. Estuvo a punto de introducir sus manos en esa agua transparente. Pero al acercarse vio su reflejo. Y lo que vio la obligó a dar dos pasos atrás.

Necesito un espejo, pensó. Y el espejo apareció, tal y como suelen aparecer las cosas que necesitamos cuando las necesitamos. Se vio y se reconoció. Y al hacerlo se dio cuenta de que no estaba deprimida. Y sonrió. Su sonrisa fue… hermosa hasta las lágrimas. Las lágrimas son mías, que lo vi todo. Ella no lloró. Ella se vio al espejo y sonrió. Y entonces, algo muy raro sucedió. Me llamó. Me dijo, ven, mira, mira qué hermoso. Y no sé bien cómo pero de un momento a otro yo ya estaba a su lado, y vi hacia el interior de ese espejo. Mira, somos tú y yo, fundidas en una sola imagen que nos refleja, me dijo, sin dejar de sonreír. Y sí, había una sola imagen. La imagen de una mujer que yo no reconocía. Esa no puedo ser yo, le dije. Pero se lo dije al aire, no había nadie a mi lado. Y yo sonreía a un espejo que me mostraba la imagen de una mujer que no podía creer fuera yo.  

No lo crees porque no soy tú, me dijo la imagen. Soy Eva, tu vida. Eva significa vida. Es cierto, lo había olvidado. Lo leí. Al recordarlo di un paso al frente y mi entorno se convirtió en un jardín, y a mi lado caminaba Eva. Y mi vida me llevó a un banco que se encontraba debajo de un árbol. Eva me tomó de la mano y me invitó a sentarme. Me vio a los ojos y comenzó a hablar. Yo la escuchaba sin poder decir una sola palabra. Entre sorprendida y atenta, pero más sorprendida. Nunca creí que mi vida pudiera ser tan hermosa. 

No creas todo lo que te dicen de mí. Me culpan de ser quien te abrió los ojos, pero la verdad es que has sido tú quien los ha abierto. Yo sólo coloco frente a ti las opciones y tú decides. Es verdad que la depresión te arrebató la mitad de mi ser, pero te dio a cambio un camino de saberes aparentemente innecesarios que encontraran su uso en la otra mitad que aún te falta por vivir, así que no me eches en saco roto ni le quites sentido al camino que ya has recorrido. Recuerda que fue Dios quien me sacó de tu pecho para darme vida y darte a ti un camino. Y me alegra poder agradecerte que hasta hoy lo hayas sabido recorrer. 

Recuerda también que sin una costilla cualquiera sobrevive. Quiero decir, no todos deciden reconocer la responsabilidad de su existencia. Tú has decidido hacerlo. No te arrepientas ni des marcha atrás. Hacerlo me lanzaría a mí al olvido. Sobrevivir, bien lo sabes, no es estar vivo. Yo quiero seguir viva, no me aniquiles con excusas. 

Recuerda que Dios es Amor y Justicia. Déjate amar por Él y deja que sea Él quien te juzgue, quien me juzgue. No me pongas en tela de juicio tú. Ya he sido juzgada con demasiada severidad en el pasado. Ten compasión de mí. El camino de regreso a tu ser no ha sido fácil. Y ahora que estamos juntas, que hemos logrado abandonar el vacío de un castillo sin luz ni calor, necesitas aprehender nuevas formas de relacionarte conmigo. A veces, sólo estás cansada y no quieres hacer nada. No hace falta volver a viejos patrones de tristeza y depresión para darte permiso de no ser siempre fuerte y no estar siempre de pie. Sé que es lo que conoces y que por eso regresas, pero mira, hay otras cosas en tu interior. Hay mucha vida. Este es sólo uno de los muchos jardines que llevas dentro. Y hay montañas, y llanos, y pueblos pintorescos, y playas, y bosques, y cabañas de refugio. Y también hay amor. Hay mucho, mucho amor. 

Y sí, eres una idealista, pero lo sabes. Y hay crédito en ello. Sabes que esto que te sucede justo ahora, es una historia inventada, y sin embargo, la necesitas. Necesitas reconocerme y aceptarme y amarme, y darte cuenta de que soy, después de todo y a pesar de todo, hermosa. Y de que te reflejo y te agradezco todo lo que has hecho por mantener mi existencia. Necesitas que yo también te reconozca y te esté agradecida por el sentido que me has dado. Y le de validez a tus sacrificios y razón de ser a tus renuncias. 

De modo que estoy aquí para darte las gracias. Te quiero por todo lo que eres y todo lo que has dejado de ser. Por todo lo que haces y todo lo que has dejado de hacer.  Muchas gracias por estar viva y darme vida con tu respirar y tu imaginación. Con tu pensar y tu sentir. Con tus ocurrencias y tus desatinos. Gracias por haber cometido errores y haber aprendido de ellos, y estar aún dispuesta a cometerlos y a volver a asimilar enseñanzas. Gracias por haber crecido en prudencia y en sabiduría. Gracias por no haberme abandonado a la merced de la lógica implacable de la racionalidad sin alma, que esa sí me habría aniquilado de golpe y sin sentido. 

En fin, te quiero porque te has atrevido a extender las alas y volar. Como lo hace una mariposa. Mas te pido, necesito pedirte, que renuncies a dirigir tu vuelo. Lo que el aleteo de ese volar haga o deje de hacer, no debe preocuparte. Ahí es donde el control de tu vida acaba. A ti te toca vivir, nada más.
Al pronunciar las últimas palabras yo ya estaba acostada en una hamaca, como cuando era pequeña en casa de mi abuelita. El sueño me invadía. Quería dormir. Y una mano empujaba suavemente la hamaca para ayudarme así a caer en los brazos de un sueño profundo que duró horas y horas. Sin culpas ni reclamos dormí y dormí. Dormí hasta que sentí reanimado mi ánimo y despierto mi espíritu. Dormí. 

domingo, 4 de septiembre de 2011

A punto de tirar la toalla

Hoy estuve a punto de tirar la toalla. Es una locura. Pensar lo que pienso, sentir lo que siento, creer lo que creo, es una locura. Me resisto a pensar que estoy loca, y quizá es ese el problema, lo estoy. Estoy convencida de que soy amada. No puedo probarlo, no puedo explicarlo, no tengo ni un sólo elemento que me diga que es cierto. No hay pruebas tangibles, no hay nada más allá de esta vida que se me ofrece ni hay nada más allá de mi rutina diaria. No puedo decir que exista una presencia constante que me acompañe siempre a todos lados, en todas partes, porque si abro los ojos, no veo a nadie, si cierros los ojos, no toco a nadie. 

Y sin embargo, ahí está. Abro los ojos y veo su amor, cierro los ojos y lo siento. Me creo amada. No sé si lo soy, pero lo creo. Y hoy estuve a punto de tirar la toalla porque me dio por juzgarme y decirme, estás loca. No hay nada. Delante de ti no hay más que las muchas cosas que tienes que hacer. Delante de ti no existe nada más que todas estas hermosas personas que te acompañan a diario y que te quieren muy a su manera. ¿Acaso no es bastante con tenerlos a ellos? ¿Qué necesidad de inventarte un amor que no existe? Porque este amor que te lo has inventado. Ese amor que es total y constante y que parece estar incrustado en tu ser, este amor con quien hablas, a quien le cuentas historias y le dices constantemente te quiero, ese amor no existe, no hay nada. ¿Qué piensas que logras al aferrarte a un ideal?

Y no pude responderme, de momento no pude. Sólo puede pensar en la experiencia que tuve, que tengo a diario. Sólo pude decirme que la alternativa, la de vivir la vida sin esta convicción, es absurda, porque dejaría de ser vida. Y con mi ideal en la mano, me escuché responder por fin: Lo importante no es que tenga sentido, lo importante es que le da sentido a mi ser. Y fue una sorpresa la respuesta. Estuve a punto de tirar mi amor ideal como se tira una toalla en señal de renuncia. Estuve a punto de dejar de creer que soy amada, sólo porque no puedo probarlo. Estuve a punto de escuchar la sensatez de mi humanidad por miedo a estar loca. Pero eso habría sido una locura. Desde que me sé amada, soy feliz, y soy mucho más capaz de contribuir a que otros lo sean. 

De modo que hoy, justo cuando estuve a punto de tirar la toalla y volver a la realidad, me puse de rodillas y pedí con todas mis fuerzas, que si es verdad que no soy amada, que si es verdad que todo es un invento mío, entonces, no quiero saberlo nunca. Hoy pedí estar loca siempre, por el resto de mi vida. Y creer que el amor me ha tocado, aunque no pueda probarlo, aunque nada en mi vida sea diferente, aunque siga donde estoy y sea yo la de siempre. Porque desde que el amor me tocó, no soy la de siempre. Y no quiero volver a serlo. Bendita locura la mía. Bendito amor.

Y mañana, al abrir los ojos, voy a ver el amor, y al cerrar los ojos, voy a sentirlo. Y no pienso renunciar a su presencia, aunque no exista. Que, Bendito Sea Dios, mi imaginación es enorme, y si es lo que necesito para aferrarme a la vida, entonces he de amarlo por siempre y me ha de amar por siempre. Amante, Amada, Amor, por los siglos de los siglos. 

sábado, 27 de agosto de 2011

No dejes de existir


Lo veo llevarse las manos a la garganta y sin tocarla, simular que se asfixia. ¡No puedo dejar de decirlo!, expresa con fuerza. Lo veo y yo termino en mi mente la frase: Si lo hago, dejo de existir
¡Qué sensación tan extraña verte en otro! Reconocerte en las palabras de alguien más, en sus expresiones, en su mirada. Quiero decirle que nunca guarde silencio, que siempre diga lo que siente, lo que piensa, que sea valiente, que se arriesgue. Pero no lo hago. Hago exactamente lo contrario. Y me odio por eso. Le digo que sea cuidadoso, que sea prudente, que sea discreto, que guarde silencio.
No puedo dejar de decirlo… si lo hago dejo de existir.  Es cierto que las palabras sólo son parcialmente suyas, y esa es mi alegría. Mi niño no ha dejado de existir porque aún no a dejar de decir lo que piensa y siente. Sigue vivo, sigue lleno de esperanza, de deseos, de convicción. Sabe que ha de encontrar el modo, el camino. Está en su búsqueda y participa en ella, no sólo se deja llevar. Se involucra, se siente. La acción, para él, es primordial. 
Y aunque estoy orgullosa de él, de su entusiasmo y de la vida que quiere vivir, no logro animarlo a que diga todo lo que siente, a que abra su corazón de lleno. Quiero decírselo, pero no puedo. Mis años me han enseñado que el corazón no se abre por completo. Se entrega, sí, pero no se abre por completo. Y aunque, en lo más profundo de mi ser, quiero creer que me equivoco. No quiero animarlo a que por abrir su corazón de lleno, termine lastimado y lastime a su vez a otros.  
Y quiero tener tanta confianza en este niño en el que me veo, que llega el momento en que mejor me callo. Porque pudiera ser que él logre lo que yo no supe siquiera intentar. Pudiera ser que él llegue a la apertura de un corazón que ama a partir de la acción, y no sólo a partir de palabras. 
Entonces guardo silencio. Me llevo las manos a la garganta y la sofoco. ¿Quién soy yo para decirle lo que puede y no puede lograr? 
Después de una semana de querer contenerme, de sentir cómo la existencia empieza a perder sentido porque yo he decidido que mi deber es amar desde el silencio y apoyar en la distancia, por fin la vida que llevo dentro reclama su existir, y hablo, al final siempre hablo:   
No dejes de existir, mi niño. No ahogues tu expresión ni por hablar permitas que te callen. Y sin embargo, si me dejas decirlo yo también –para ganar un poco de existencia en esta vida tuya– recuerda que el Verbo es Palabra, lo que significa que nuestras palabras nos definen porque nos comprometen a ser congruentes con ellas. A llevar a la acción lo que decimos ser. Incluso si aquello que decimos no es más que aspiración. Para ser lo que deseamos ser, necesitamos serlo. 
Ya sé, ya sé. Mi hablar es rebuscado. No encuentro la manera de decirte que habrá momentos en que tu corazón te engañe y que parezca bueno lo que te pide y busca y desea, pero tendrás que ir más lejos para escuchar a Dios. Y eso significa que a veces tendrás que ahogar palabras y detener acciones. Que amar no siempre es decir ni hacer. Amar es sobro todo, ser, y para ser no hace falta nada que estar en sintonía con Quien es Nuestro Ser. El tuyo, el mío, el de todos nosotros: Nuestro Ser. 
Te quiero y quiero ver tus sueños realizados. Tus sueños, que son míos también, pero son más tuyos, eso lo tengo claro. Así que escúchame pero no le hagas mucho caso a esta vieja, y busca TU camino. Porque finalmente tampoco puedo indicarte cómo se dice todo lo que se lleva dentro. Hoy mismo, como todos los días, asfixio las palabras que no debo decir, y dejo de existir un poco, me acerco a mi muerte. Los años que ya tengo, me lo hacen evidente. Pero al amar y hacerlo también desde el silencio, gano una vida rica en sentires humanos de los que soy consciente, y aunque estoy más vieja soy también más feliz, porque no vivo tan sólo para mí.  
Y quizá la vida sea eso: un fluir de palabras que se dicen, se viven, se guardan y se asfixian. Un fluir de palabras que nos llenan y nos dejan vacíos, que nos impulsan y frenan, que nos llenan de vida y nos hacen sentir que vamos a morir.  
Lo que es cierto es que somos palabra porque a partir de ella le damos sentido a nuestra vida y dirección a nuestro ser. Busca entonces que las palabras que salgan de tu boca no contaminen tu alma ni te lleven a olvidar Nuestro Ser. El tuyo, el mío, el de todos nosotros. Porque para amar no basta querer lo que deseamos, hará falta también renunciar a tiempo a lo que puede lastimar Nuestro Ser. El tuyo, el mío, el de todos nosotros. 
En fin, no sé si he logrado decirlo. El resto, lo que no puedo explicar aunque quiera, lo dejo para que tú lo descubras en la Palabra Viva. Y ahí, en la Palabra Viva estás en buenas manos. Lo sé porque yo pido a diario que te cuiden, te guíen, te ayuden y protejan. Y sé perfectamente que lo harán. 

miércoles, 10 de agosto de 2011

Quiero un cigarro

No es que no crea en Dios. No creo en el hombre. Sé que Dios está en el hombre, lo sé. Pero también sé que hacemos malabares para ignorarlo y nos lavamos las manos con demasiada facilidad. Si el otro sufre, que sufra solo. Yo a duras penas puedo con lo mío. ¿Qué puedo hacer? Nada. Nos contamos nuestro cuento y nos lo creemos. Hablo en plural porque es un mal de todos. Estamos solos y nos dejamos solos. 

No es que no crea en Dios, me cuesta trabajo creer en el hombre. Creer, incluso, en mí. Oh sí, incluso en mí. Yo también me he dejado sola demasiadas veces. 

Sola.  

Por eso hoy se me ha antojado como hace rato no se me antoja, un cigarro. Durante años el cigarro fue un gran amigo. El mejor. En las buenas y en las malas, ahí estaba. Me acompañaba al trabajo, al descanso, a la reflexión. Estaba ahí, sin juicios ni exigencias. Sin importar lo que hiciera bien o mal, me acompañó, y aunque sea una locura, lo extraño.

Lo extraño como se extraña tener confianza en que todo va a estar bien. No sé si era la sensación de inhalar y exhalar. A veces, lo simulo: inhalo y exhalo como si tuviera el cigarro en la mano. Tengo que hacerlo así: imaginarme el cigarro en la mano. Porque, ahora que lo pienso bien, no era sólo inhalar y exhalar, era saber que ahí  estaba. Verlo, sentirlo, olerlo, probarlo. Estaba ahí. Era una presencia palpable, real, concreta. 

A veces me arrepiento de haberlo dejado. Sé que su ayuda no era más que apariencia, que todo lo podía, bueno, que yo sentía que todo lo podía, no porque me brindara fuerza ni valor, sino porque en cada inhalación me tragaba todo, lo sumergía todo en mi interior. Me ahogaba y lo ahogaba todo. 

Hoy se me ha antojado volver a creer en el cigarro. Volver a saber que alguien me acompaña, sin juicios ni palabras. Que me deja llorar o enojarme o reír o cantar mil veces la misma canción o bailar sin zapatos o reírme de nada. Y que en todo ese “ser yo”, también hay otro: mi querido amigo, el cigarro. 

Pero no lo hice. En vez de tomar las llaves del auto y salirme a buscar un cigarro, hoy levanté la mirada y pedí perdón. En mi desesperación, lo sé muy bien, he dejado de ver a quienes me rodean.  No he sabido ser el aire que otros puedan inhalar. Tantos años con el cigarro en la boca me han convertido en humo. 

Y no pude hacer nada más que pedir perdón. No hubo fuerza para correcciones ni capacidad para cambiar las cosas. Hoy me conformé con respirar, y di gracias, porque aún tengo pulmones. 

Hoy también logré abrir ligeramente la cajita en la que guardo el resentimiento y lo confesé a quien lo generó. Hoy abracé a una amiga, y llené de besos un rostro. Y no sé si podré convertirme en aire algún día. Ni sé si siempre podré darle completamente la espalda al cigarro. Pero hoy decidí sentir mi miedo. Quizá mañana no importe sentirlo y pueda hacer algo, ahora sí real y concreto. Pero por ahora, el humo todavía me invade, y tengo miedo.