lunes, 18 de febrero de 2013
¿Por qué lloras?
- ¿Por qué lloras?
- Tu abuelita está muy enferma y estoy triste. Ven, vamos a pedirle a Dios que la ayude.
- Pero eso no funciona, eso sólo sucede en las películas.
- No mi niña, sí funciona, es bueno pedir. Pedimos ayuda pase lo que pase.
La niña con sus 5 años bien puestos, accede y reza.
Al día siguiente recibo la noticia de la muerte de mi mamá.
- ¿Por qué lloras?
- Tu abuelita murió y estoy triste.
- Lo ves, te dije que no funciona.
- Mi amor, sí funciona, pero Dios no está ahí para hacer lo que queremos. A veces no sucede lo que queremos, pero siempre sucede que Él nos da lo que necesitamos para enfrentar lo que nos pasa. Por eso rezamos.
Esta fue la primera vez que realmente comprendí lo que significa tener una relación adulta con Dios. Cuántas veces no he sido yo esa niña que piensa: “Dios no hace lo que quiero, no me ayuda, no me da, no me resuelve, no escucha…”
Mi hija así lo dice: “tú no me escuchas mamá”. “Claro que te escucho”, le respondo yo, “pero eso no quiere decir que voy a hacer lo que quieres”.
Yo quería que mi mamá estuviera en paz para que su presión se estabilizara y pudiera viajar a Mérida, tal y como lo había planeado. Yo quería visitarla, no ir a su funeral. Y quizá ha sido todo tan sorpresivo que no he tenido tiempo para que el golpe me duela con toda su crudeza. Estoy, lo sé muy bien, anestesiada. No me atrevo a estar a solas aún, pero me consuela pensar que cuando lo esté, el Espíritu estará ahí conmigo, y, lo más importante, yo estaré con Él. Y espero acercarme esta vez no como la niña que pide, sino como la adulta que recibe, porque empiezo a comprender que el Espíritu es mucho más que satisfacción. Es verdadera Paz. La paz de saberme amada y escuchada, aún cuando no se cumplan todos mis deseos. La Paz de saber que la vida no dejará de ser vida, pero yo sí dejaré de ser un títere de mis emociones y de los sucesos que la vida da a manos llenas y sin recato ni consideración.
Hoy me vi en las palabras de mi hija y me expliqué al intentar explicarle a ella, que Dios no es el genio de la lámpara, pero sí es luz y fortaleza y tranquilidad y amor. Y eso lo cambia todo. Con eso, lo puedo todo. Y aún cuando no pueda, todo lo acepto. Porque si no puedo hoy, podré mañana, encontraré la forma mañana, tendré una respuesta mañana, pero si no lo acepto hoy, nunca dejaré que la vida me enseñe la grandeza de mi propia alma, ni la bondad del Espíritu que la toca, la habita y la transforma.
Así que Dios mío, mi mamá está en tus manos. Permítele habitar mi corazón y susurrar en él su cariño, de forma que su voz y su rostro me acompañen siempre, me den su consejo y su ayuda. Y Dios mío, quedo yo también en tus manos. Permite que la vida me transforme y haga de mí su discípula. Sé mi camino, que bajo tu amparo, aún en el error, aún en la tragedia, aún en el lamento, gano. Que así sea, en nombre de tu hijo Jesucristo y por el Poder y la Gloria de tu Espíritu Infinito. Gracias.
lunes, 4 de febrero de 2013
No es pregunta
Ser y no ser.
No es pregunta, porque no hay respuesta que quepa entre mis brazos.
Porque no existe un tiempo sólido ni una luna fija.
No es pregunta porque la sangre fluye en esto que llamo vida
y su andar no tiene compás que sepa medir momentos
ni está en condición de darle un sentido
que agrade a quienes no laten en este cuerpo.
No ser y ser.
No puede ser de otra forma.
Si me empeñara en intentar definir
lo que es y no soy, lo que soy y no es,
mutilaría mi alma,
ya de por sí lastimada,
ya de por sí ignorada,
ya de por sí pobre y carente.
Sin pan, sin vino, sin agua que pueda calmar la sed,
sin la presencia amada
que todo es sin ser todo lo que ya es.
De modo que aquí me tienes vida.
Aquí estoy muerte.
Aquí suspiro y lloro y río y grito.
Aquí y hoy me rindo...
porque no me atrevo a dar mi último paso
ni tengo la fuerza para iniciarme en el camino.
Un camino que aún sin pisar ya he recorrido
porque Él, que es camino,
sabe hacer de ti lo que quiere,
muy a pesar tuyo…
Supo hacer de mí lo que quiso,
muy a pesar mío…
Y sabrá hacer de nosotros los que busca,
muy a pesar nuestro…
domingo, 13 de enero de 2013
Construyendo la Iglesia Profética
“Amida, ¿quieres compartir con todos lo que viviste durante el evento Construyendo la Iglesia Profética?” ¿Quiero? El micrófono esperaba y el Padre Robert Coogan ya había dado un paso hacia un costado para dejarme tomar el micrófono al final de la misa de las 6 de la tarde en la capilla Jesús María de la colonia Saltillo 2000. En realidad nunca me respondí, sólo di un paso al frente. ¿Cómo lo resumo? Fui sincera: no sé cómo resumirlo. Pero puedo intentar escribirlo y presentárselos la próxima semana. Si me lo permiten. Estuvimos de acuerdo, y he aquí lo que leí el domingo 13 de enero:
El evento se realizó para celebrar los 25 años del caminar episcopal de Raúl Vera, Obispo de la Diócesis de Saltillo. Durante dos días de muchísimo frío (enero 4 y 5), escuchamos hablar de una iglesia incluyente, que aboga por los pobres, por la justicia y por el respeto que nos lleve a incluir a todos –católicos o no, creyentes o no- en un plan de salvación de la humanidad en su conjunto, y no sólo de algunos elegidos, privilegiados y poderosos.
Sería ingenuo de mi parte pretender transmitir todo lo dicho. Tampoco fui con la intención explícita de hacerlo, y nunca imaginé que alguien me pediría compartirlo, pero sí estuve presente y puedo darles el testimonio desde mi visión, que forzosamente irá envuelta de mi sentir, porque lo que más hice fue sentir que aquello que escuchaba era, antes que cualquier otra cosa, la convicción de que vivir a Cristo es reconocerlo en nosotros mismos y en el otro. Nada nuevo, por supuesto. De ese reconocimiento están llenas las escrituras que cada domingo escuchamos en misa. Y sin embargo, aquí había algo más. Algo mucho más real y concreto, mucho más cierto y mucho más palpable. Ese ingrediente adicional era la acción. Todos y cada uno de los expositores nos hablaron no sólo de la fe en Dios, en Cristo, en su Palabra, en su Reino, sino de las acciones que convierten a la Palabra en Acto, para que todo eso que comprendemos es Dios, Cristo y el Reino, tenga un sentido y a su vez le dé sentido a nuestra vida. Un sentido, que para que sea completo, debe transformarnos de forma particular y llevarnos a buscar transformar nuestro entorno social.
Lo que escuché no fueron sólo teorías de teólogos y especialistas, sino experiencias de vida que han sabido fundamentar su existir en las enseñanzas de Cristo, y que comprenden y quieren que comprendamos, que Cristo está vivo en nosotros siempre que convertimos nuestros ojos en Sus ojos, que ven y reconocen la injusticia, que ven y reconocen la dignidad de aquel a quien no se le otorga, que ven y reconocen el sufrimiento, y que por eso mismo no puede más que levantar la voz, para que quienes no escuchan los reclamos de una sociedad necesitada, escuchen, y para que quienes no son capaces de levantar su propia voz, se fortalezcan también, y hablen. Para que entre escuchar y hablar, hablar y escuchar, el diálogo de transformación sea realidad diaria, y en diálogo caminemos hacia la creación de un mundo dispuesto a incluirnos a todos. De un mundo en el que –como explicaría Gustavo Gutiérrez- el prójimo no sea aquel que encuentro en mi camino, sino aquel en cuyo camino me pongo, con la intención de cambiar su sufrir en el gozo de verlo existir en la plenitud de ser reconocido.
Escuché distintas voces, porque este mundo está hecho de seres distintos, de creencias particulares, de necesidades diferentes. Y sin embargo, aunque fueron diferentes expositores, hubo unidad, como la hay siempre que Dios y su Espíritu está presente. La unidad que otorga el respeto, el reconocimiento de que eres tan importante como lo soy yo, de que tu condición de mujer, de pobre, de homosexual, de migrante, de indígena, de hombre de fe, de agnóstico o ateo, de cristiano, protestante, anglicano o budista, no te define. Lo único que eres y soy, es un ser humano, y esa unidad es la única que cuenta cuando de justicia y dignidad se trata. Esa convicción es Cristo. Una convicción de la que no basta hablar. Hay que darle vida. Resucitarla en nosotros, dejarla hacer y actuar a través nuestro.
Esto es vivir a Cristo, creerle a Dios. Por eso mismo Jesús Espeja afirmó: “El testimonio, como la fe, no existen en el abstracto.” Es decir, dar testimonio de Dios no es negar la realidad, sino vivirla de lleno y transformarla del todo.
Lo que implica que la Iglesia –y recordemos que la Iglesia somos todos- necesita abrirse y dialogar con el mundo moderno, desde los pobres. Y la visión de pobre también tuvo que ampliarse, porque este mundo no sólo existen los económicamente pobres. La pobreza es también insignificancia. Ser insignificante, ser alguien que no cuenta, y que por eso mismo, no existe.
Y lo hermoso del término “pobre” es que para reconocer la realidad de la pobreza, hace falta reconocernos pobres también. Hace falta reconocer que somos individuos y por ende, una sociedad de pobreza espiritual. Es decir, una sociedad que necesita a Dios, que necesita ponerse en manos de Dios, y eso no es vivir con la esperanza de que los cambios se presentarán cual milagro, por sí mismos. Tener esperanza es crear motivos de esperanza. El verdadero milagro de Dios en nuestras vidas es asumir el espíritu de valía que como seres humanos tenemos, y con ese espíritu, en palabras de Raúl Vera, “crear procesos que nos lleven a construir una sociedad digna del Reino de Dios.”
¿Y qué es el Reino de Dios? Es un milagro, por supuesto. El milagro que, como en la multiplicación de los panes y los peces, nos lleva primero a unir lo que tenemos (los panes –que son Palabra- y los peces –que son acciones) para llegar a comprender que hay suficiente para todos, si estamos dispuestos a compartir aquello que somos y tenemos. El milagro de compartir, eso es el Reino.
Que el Reino de Dios, y Su Espíritu, sea con todos ustedes, con todos nosotros. Y que así sea siempre. Siempre.
domingo, 6 de enero de 2013
He perdido la fe
He perdido la fe. Sé que la tenía conmigo al salir ayer de casa. Sé que estaba en el bolso que llevo por alma y en el que guardo las palabras que me diste aquí y allá: en un poema, un pasaje, una oración, una historia… en la canción que sonaba en la radio aquel día que lloraba en el auto dispuesta a todo, cuando todo implicaba dejar de intentarlo… ¿Lo recuerdas? ¿Las recuerdas? Palabras que aseguraban que me amabas y que estabas conmigo. Palabras que sostuvieron mi mano y la guiaron a persignarme para recibir con tu signo un consuelo de amor.
He perdido la fe y la busco con ansia, con miedo, con el vacío instalado en mi vientre de nuevo, con ese hoyo negro que se roba la vida. He perdido la fe y esta vez es más triste que antes, cuando creí que no la tenía, porque no hay ya pretextos de un defecto en mi cuerpo que produzca hormonas de más o de menos. Estoy bien, dice el informe médico, y es cierto: yo sonrío todo el tiempo, y mi nivel de energía es tan alto como la capacidad que tengo de enfrentar el diario ajetreo de subir y bajar escaleras de oficios, deberes, estudios, planes y proyectos.
He perdido la fe, y empiezo a perder también la esperanza de encontrarla en los viejos cajones de memorias, de fotos instantáneas tomadas al azar en momentos cruciales, de las muchas imágenes que juntos creamos en lo que fue nuestra historia de amor. Una historia escrita en un intercambio de emociones que hoy ya no encuentro por más que me afano en buscar, y que mi razón me dicta que no busque más porque no fueron más que inconscientes intentos de darle un sentido a la vida que hoy, sin ti y mi memoria de ti, ya no tiene.
He perdido la fe, tal y como perdí la inocencia de creer que existes en los ojos de aquel otro cuya ayuda y presencia busqué, busco, y quizá, porque así de cabrona es esta soledad, vuelva a buscar… pues la necesito. Necesito su presencia tanto como te necesito a ti. Y cada negativa me hunde, me arrastra, me obliga a prometerme a mi misma que ya no lo intentaré más. Que no tiene caso y no tiene fin, porque tu no estás en su mirada, ni en su alma, ni en el corazón de un mundo para el cual no existo. No existes.
He perdido la fe, y levantar hoy mis brazos para abrazar tu presencia se siente como querer llevar en hombros el peso de una vida que es, como tantas otras, un error, un azar, un conjunto de decisiones mal tomadas, el número de una estadística que me da el valor de una cifra más, y que me quita toda importancia de vida. Un nombre entre millones en un computador que no sirve para redactar biografías, sino para contabilizar fracasos.
He perdido la fe, y sin ella, me temo, nada valgo. Porque en ella están contenidas todas las razones para amarte, para amarme, para amar. Para verte como el arquitecto perfecto de mi vida. Para convertir mis errores en los aciertos que me guiaron a encontrarte al frente de mi existencia. Una existencia que no es una cifra, ni un fracaso. Una existencia que es tan única como el amor que sólo a mí me has dado, porque así de importante soy. Así de buena. Así de bueno Tú. Así de buena esta vida que nos llevó a encontrarnos el uno con el otro. Así de bello el misterio.
He perdido la fe, y sé muy bien que es probable que la haya dejado recargada en en el asiento donde intenté sacudirme las ideas de que por encima de tu Palabra está la tradición de un orden jerárquico que no refleja la unidad de tu imagen sino el contraste de los opuestos: hombre y mujer; cielo y tierra; mal y bien.
Es probable, sí… seguro fue ahí donde la perdí. Porque fue en esa silla donde supe que vivo en un mundo ciego y terco. Y no hay peor terquedad que la ceguera que nos lleva a ignorar que el otro –y el otro en demasiadas ocasiones somos nosotros mismos- existe. Sí, fue ahí donde comprendí que para muchos, demasiados, yo sigo siendo nada. Fue ahí donde comprendí que esas ideas las llevo también grabadas en mi antropológica memoria, y que son como el virus de un antiguo mal al que estamos tan habituados que creemos normal.
Y mira, mira qué lindo fue darme cuenta, porque con la sonrisa que nació de mis labios pude ver la alegría y el orgullo que te causa que tu niña querida tome consciencia de un hecho tan simple y a la vez tan complejo. Y con ese “darme cuenta”, por fin logré extraer de este bolso que llevo por alma la Verdad que te hace mi valor más preciado, mi razón más exacta, mi inexactitud más certera.
Y por fin encontré esta fe que creía perdida, y que nunca dejé en ningún lado, porque Tú no me dejas perder… porque me has hecho tan terca como este mundo ciego. Con la gran diferencia de que a mi me obligaste a buscarte en la obscuridad de mi vida para que no tuviera más remedio que abrir los ojos ante tu Verdad, que es la mía: soy tan hombre como soy mujer, y vivo para tu cielo en esta mi tierra amada. Amada por ti y por mi. Y el mal que me aqueja es la oportunidad de que en mí tu bien sea la regla de toda excepción. Y existo para tu existencia. Y vivo para darte vida. Y soy tan tuya como Tu eres mío. Y algún día moriré también por ti como he vivido muriendo por encontrarte como la fuente de mi realidad. Eres mi amor, mi sol, mi vida, mi ser. Gracias por darme este granito de fe. Gracias, mi bien.
sábado, 22 de diciembre de 2012
Un pretexto
Buscaba un pretexto para escribir. Pero no hay ninguno. Desde hace ya más de un mes no quiero decir nada. Nada. Voy a lastimarte con mis palabras. Y no quiero hacer eso. Entonces me las trago, como lo he hecho toda la vida. Es como comer vidrio, ¿sabes? Es como sentir que tus entrañas sangran y verte descomponerte poco a poco, día a día. Pero al menos tú vivirás en la ilusión de que todo está bien. De que tú estás bien. Porque eso es lo que quieres: estar bien. Nada tiene que ver con el amor que dices que me tienes. Nada tiene que ver conmigo ni con mis necesidades. Esas son un chiste. Un pretexto para reírnos juntos, pues es absurdo que yo necesite algo más que tu amor.
Buscaba un pretexto como lo he buscado toda la vida. Un amor que sea más grande que tú y que yo. Y que por eso mismo me obligue a abrir los ojos y los labios. Un amor que surja de mí y que me lleve a mí. Y que al reconocerme te reconozca. Y te de la misma dignidad que pido.
Buscaba y te pedía que buscaras conmigo. Y lo hiciste. El amor te llevó a entregarme el gusto de verte a mi lado participando en ritos y rituales. Que de eso se trata, pensaste: ritos y rituales. Démosle a la niña su gusto por creer en historias de trascendencia, en cuentos de amor y gloria, en pasiones que son tan trágicas que no vale la pena repetirlas en uno mismo. Démosle a la niña su gusto por creer.
Y así, mientras tú me dabas atole con el dedo, yo, a cuenta gotas, fui leyendo la verdad que tu condescendencia creyó vedada a mi capacidad e inteligencia. Y un día la niña se dio cuenta de que ya no era la pequeña de tus ojos. Creció, creció tanto que ya no cabía en tus brazos, que ya no puede seguir a la sombra de tus deseos, ni de los suyos. Creció en fe y en dignidad. Creció con historias de trascendencia que quiere hacer realidad. Creció con historias… que quiere hacer realidad.
Historias en las que no estás tú. Historias que buscan, ya no pretextos, sino verdades. Historias que hablan, no de amor, sino de Dios, que si bien es amor, es mucho más que sólo eso. Es la valentía de decirte que eso que tú me dices que es Dios, es en muchas ocasiones lo que te conviene que sea. Y Dios ya está cansado de ser tu pretexto para mantener al mundo bajo los mismos esquemas de escuela, iglesia, sociedad y familia.
Buscaba un pretexto para escribir. Pero no encontré ninguno.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
¡Qué tragedia!
¡Qué
tragedia!
Adán
culpando a Eva y ella culpando a la intuición que la llevó a creer que él la
amaba y la llevó a amarlo como si fuera dios.
¡Qué
tragedia!
Ahora los
frutos de ella dependen de él, y está convencida de que no puede lograr sin
dolor. Ahora ella está sola porque ha pisado su ancestral capacidad de saber,
su única y verdadera compañía. La ha negado como se niega a sí misma en la
desesperación de no ser amada, por ser tan
mujer.
¡Qué
tragedia!
Ahora él cree
que está por encima de ella, y no puede disfrutar sin conquista, sin sudar su
pan tanto como su gozo, porque necesita ser el Dios de la mujer que ama, y que
también desprecia, porque cree que está
por encima de ella, aunque sabe que
no lo está. Y cuando la culpa, lo que quiere es lavarse las manos y no ser el
dios que ella le hace sentir que es, porque no es justo ser tanto, porque no es
justo ser dios.
¡Qué
tragedia!
Porque ambos
están atrapados, señalándose el uno al otro, incapaces de decirse: lo siento tanto como te siento, te amo tanto como me amo… Incapaces de
aceptar que ese amor fue prematuro, fue un saber,
no un ser. Había que dejar madurar el
fruto para que el árbol del jardín de sus cuerpos no sólo fuera un conocerse, sino fuera ante todo un vivirse. Un árbol de vida, no de saber.
¡Qué
tragedia!
Porque lo
que está destinado a ser un cantar de cantares, se ha convertido en un lamento.
Porque ahora sus pasos se encaminan, no
al encuentro, sino al adiós. Y así,
aunque no se despidan nunca, ya se han alejado el uno del otro, porque no saben
qué hacer con ese dolor en el cuerpo, porque no saben quitarse ese pesar en el alma,
porque no pueden ni quieren aceptar que participaron en este abrir de ojos que los
ciega ante la incapacidad de responder al llamado de elevarse por encima de
todo lo que piensan y todo lo que sienten, y ser, efectivamente, dos en un solo cuerpo.
¡Qué
tragedia!
Porque
participar no es culpa, es todo lo contrario. Es asumir que no fue algo que
sólo sucedió. Es dejar de señalar al destino y de condenar a las coincidencias
que los unieron y que ahora los separa. Es dejar de culpar a Dios y al mundo, y
reconocer que efectivamente son libres. Libres para amarse. Libres para ser lo
que son. Libres para ser, afectivamente,
uno con Dios, que todo lo puede, que
todo lo ama y que todo lo perdona.
¡Qué
tragedia Dios mío! ¡Qué tragedia!
viernes, 2 de noviembre de 2012
Los cristianos me dan miedo
A
veces los cristianos me dan miedo. Y cuando digo cristianos nos incluyo a todos.
Católicos y protestantes. Todos.
A
veces los cristianos me dan miedo porque ven el diablo en todas partes. En
todos lados. Nos dicen, hay que sacar a Dios de la caja en la que lo encerramos
y dejarlo hacer. Hay que tenerle fe. Cree en Él por encima de todo. Y luego, se
encierran ellos en la palabra escrita y no ven más allá de la letra. Y claro,
encierran su fe porque dejan de creer en la humanidad que habitan, en la
humanidad que somos todos.
Dicen
que saben que son pecadores y en su afán de salvarse condenan a todos los que
no son como ellos, no creen como ellos, no viven como ellos, no sienten como
ellos, porque en realidad, aunque dicen que son tan pecadores como todos, no lo
creen. Ellos no son los hijos pródigos.
Son los hijos buenos. Y en fondo, como Jonás que no quería la salvación del
Nínive, no quieren la salvación más que de ellos, que lo merecen, que son
buenos y nobles. Que han trabajado toda su vida para ser salvos.
A
veces los cristianos son como alguna vez dijo Jesús: “¡Hipócritas!” Y no porque
no sean lo que dicen ser. Son buenos, sin duda lo son.
Pero…
“Cuando ustedes ven que una nube se va levantando por el poniente, enseguida
dicen que va a llover, y en efecto, llueve. Cuando el viento sopla del sur,
dicen que hará calor, y así sucede. ¡Hipócritas! Si saben interpretar el
aspecto que tienen el cielo y la tierra, ¿por qué no interpretan entonces los
signos del tiempo presente? ¿Por qué, pues, no juzgan por ustedes mismos lo que
les conviene hacer ahora?” (Lucas, 12, 54-57)
De
modo que para muchos cristianos el mundo se hizo en seis días y el séptimo Dios
descansó. Así dice la letra, así es… Por lo tanto, la ciencia es cosa del
diablo. Poco importa que la Biblia se haya escrito en un “tiempo” en el que el
concepto de ciencia no existiera aún, y que Dios, qué sí saber reconocer la “señal
de los tiempos” y tiene, sin duda, criterio, haya decidido hablar como mejor se
le podía entender dadas las circunstancias. Ah, no… cualquier intento del
hombre de ser y mostrar toda la capacidad que Dios le dio por ser objetivo y
lograr con ello descifrar los misterios del mundo, vienen, sin duda, del
diablo.
De
igual manera, para muchos cristianos mexicanos, el pedir dulces en Halloween es
cosa del diablo: no tiene que ver con aspectos culturales, no tiene que ver con
una de las muchas formas en que el hombre ha intentado enfrentar sus miedos,
explorar su obscuridad y al final recibir la “dulce” recompensa que es saber
que sus miedos son ilusiones, simples disfraces. No, claro que no. Es cosa del
diablo.
Y
lo mismo dicen muchos cristianos norteamericanos y de otras partes del mundo sobre
nuestros altares de muertos (no de Dios, de “muertos”), nuestras catrinas y nuestros
dulces de calaveras, nuestra fiesta de comida y gustos mundanos que ofrecemos a
las almas que nos visitan para seguir sintiéndonos vivos con ellos, amados por
ellos, acompañados por ellos. Para darles vida una vez más en nuestro afán de
recordarlos. Y eso es lo que en realidad hacemos: una fiesta para recordarlos.
Cuando
se trata de nosotros, de nuestras tradiciones y nuestros hijos, comprendemos lo
cultural, pero si se trata de alguna otra cultura, algo que no vivimos ni
queremos ver: es cosa del diablo.
¡Hipócritas!
Todos somos unos hipócritas. Porque Dios no quiere que dejemos de ver nuestra
humanidad, nuestra cultura, nuestro saber, nuestra ciencia… Hay que verla, vivirla, descubrir sus
orígenes, sus intenciones, su razón de ser… Darle el peso que tiene: la cultura es cultura,
la ciencia es ciencia y Dios es Dios.
Pero
Dios quiere que vayamos más allá, y eso implica que si es cierto para nosotros
lo es para todos: se aplica a toda cultura, a toda ciencia y a todo lo que
viene de Dios.
Y
nada humano es cosa del diablo. El diablo está en el miedo que nace ante lo
diferente, lo que no comprendemos ni queremos hacer el esfuerzo de entender
porque juzgar es más fácil. Porque es más sencillo leer la letra por la letra,
en lugar de esforzarme por darle vida a la Palabra y descubrir su sentido.
Sí.
El diablo está detrás de todo lo que fomenta el miedo, porque el miedo nos
lleva a ser intolerantes. Y de la intolerancia nace el odio. Y el odio es todo
lo que Dios no es.
Porque
Dios es amor –así lo afirma la primera carta de Juan en su versículo ocho. Y el
amor, en su más mínima expresión, es tolerancia
y buena voluntad. ¿No lo sabías? Eso es lo mínimo que puedes hacer por el
otro: tenerle tolerancia y no desearle el mal.
El
amor, es entonces, buena voluntad y tolerancia. No es paciencia. Ésa, la paciencia, nos dice el Dalai Lama, se
obtiene con los hijos, los que son como nosotros y nos es fácil amar, aunque acaben
con nuestros nervios. La tolerancia, nos dice el maestro oriental, nos la
enseñan nuestros enemigos. De modo que bien visto, nuestros enemigos, los que
no son como nosotros, lo que no creen ni piensan como nosotros, ellos son
nuestros más grandes maestros, nuestra oportunidad de ser humanos, nuestra
salvación. Hay mucho que agradecer en esta comprensión, en esta toma de
conciencia. Hay mucho amor.
Antes
de escribir este texto tuve miedo. Vaya, todavía tengo miedo. Porque vivo en un
mundo de cristianos y podrían darse cuenta de que soy más humana que cristiana.
Que si creo en Cristo es porque fue humano conmigo. Que si le amo es porque no me
juzgó, ni me juzga. Que es Cristo quien me toma de la mano y me ayuda a abrir
los ojos porque quiere que deje de creer que para ser hija de Dios necesito
llenar requisitos, que para ser amada y aceptada tengo que ser de tal o cual
manera. Sé que no pertenezco al grupo de los hijos buenos. Soy tan pródiga que
incluso ahora estoy tentada a darme la media vuelta e irme al mundo de las
sombras, de almas en pena… pero eso sí, en silencio, para que nadie piense mal de
ellas y puedan seguir navegando con la bandera blanca de la paz intolerante de
las buenas conciencias.
Yo
no tengo una buena conciencia. Pero tengo
conciencia. Y sé que interpretar la señal de los tiempos, o como diría el
doctor judío y tremendamente humano, Viktor Frankl, encontrar el sentido, no es fácil, pero sin conciencia y criterio
humano, creo, es imposible.
Así
que con todo el miedo de mi alma, tengo que decirlo: ¡Hipócritas!
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